BRINCOS MENTALES EN EL TIEMPO. (Escama de Ubres de novelastra) POR FEDERICO HENRÍQUEZ GRATEREAUX. 25 julio, 2007
25 julio, 2007
BRINCOS MENTALES EN EL TIEMPO.
(Escama de Ubres de novelastra)
POR
-¡Dios mío, y pensar que ese relato novelesco estuvo guardado tantos años en la caja fuerte! El notario Menocal apretaba la boca mientras miraba a Ladislao; – ¿Es una biografía o un invento de una mujer chiflada? preguntó Dihigo. Valdivieso tomó un vaso de agua de la bandeja del café y lo extendió a Ladislao. – Refrésquese la garganta, doctor; usted ha leído sin parar desde hace una hora. – Gracias; también beberé café, replicó el húngaro, alargando el brazo sobre la bandeja. Ladislao saboreó el café, puso el legajo sobre el escritorio y pegó la espalda de la pajilla del sillón.
– Me ha costado mucho tiempo seguir el rastro de Marguerite de Bertrand; tal vez valga la pena leer cuidadosamente estas confidencias. – ¿Llama usted confidencias a lo que nos ha leído? Esta mujer no cuenta un asunto personal; describe los problemas de una época de cambios profundos en varios países de Europa. Se refiere a cuestiones colectivas en las cuales ella se vio envuelta sin quererlo. Era demasiado joven cuando subió en el tren acompañada de su hermanito. Valdivieso hablaba con los ojos muy abiertos; se dirigía en un momento a Ladislao y en el siguiente a Menocal, moviendo la cabeza hacia un lado y luego al otro. – En todas las revoluciones se producen muertes, interrumpió el bayamés; además, la guerra europea había desordenado la economía de Rusia.
– No solamente muertes en enfrentamientos armados, como ocurre en la guerra; en Rusia hubo una lucha civil que duró hasta 1920, entre dos ejércitos compuestos por varios millones de soldados; hubo juicios sumarios, prisiones, fusilamientos. El notario dijo esto completando a Dihigo y a su primo Valdivieso, pero, a la vez, para suscitar un comentario del húngaro acerca de lo que todos habían escuchado. – Deberíamos continuar la lectura de las «Memorias» de Marguerite. Sin embargo, confieso que en mi propio país se han cometido crímenes y abusos injustificables. Atropellos sin posible justificación política o ideológica. Solo el fanatismo, la pasión, el resentimiento o la pura maldad, pueden explicar el fusilamiento de catorce jóvenes bachilleres por el delito de tener las uñas limpias. Esos jovencitos, atrapados en el sótano de su escuela, no eran obreros; no trabajaban con sus manos, ni de ninguna otra forma. No tenían armas, no militaban con partisanos. Pero lucían uñas limpias y manos sin callos. Ahora, en nuestra época, los trabajadores agrícolas lo hacen todo con máquinas y pueden por eso conservar las manos tan limpias como un pianista.
– Doctor Ubrique, lo que usted cuenta debió ser un incidente desgraciado, no una política del Partido Comunista con intención de ser aplicada como directriz general, argumentó el notario con poca convicción. – El ambiente reinante en los momentos conflictivos inclina a aceptar cualquier monstruosidad: campos de concentración, cámaras de tortura, pelotones de fusilamiento, represión de disidentes, matanzas colectivas. Es posible que el caso de los estudiantes fusilados cerca de Eger fuese la decisión de un energúmeno, de un frenético. Pero ocurrió igual con los marineros que se levantaron en Odessa: ordenaron el fusilamiento de todos los que tuviesen las uñas limpias, que se consideraba un distintivo de las clases sociales privilegiadas. – ¿No le parece que esta señora del legajo podría estar defendiendo su propia situación? Era la esposa del hijo del jefe de la policía. Sus bienes estaban bajo control judicial en el primer gobierno de Grau San Martín. Consta así en el expediente introductorio redactado por el licenciado Ruiz Medallón. – Es cierto; no obstante, las historias que narra la mujer son acerca de sucesos ocurridos en los primeros años de la revolución bolchevique, siendo ella una adolescente. No pudo pensar jamás que los cubanos iniciarían una revolución social en 1959.
– En Praga existe una iglesia atendida por monjes franciscanos; la edificación es muy antigua; los sacerdotes vivían antes en un convento separado de la iglesia por una pequeña plaza. En los tiempos duros de las reformas sociales los clérigos fueron obligados a trabajar en las excavaciones de obras públicas. Empujaban carretillas, paleaban tierra, picaban piedras. El gobierno estaba interesado en que realizaran trabajos a los que no estaban acostumbrados; y que estos fueran humillantes. Encargaban a los esbirros exigir a los monjes más trabajo del que podían rendir. Para que murieran rápidamente «los parásitos representantes de la Iglesia papista», decía el comisario de la municipalidad. El pueblo miraba el suplicio y los compadecía sin poder hacer nada. Un técnico del ministerio de educación propuso que se utilizaran los monjes en la enseñanza, campo en el cual eran ineptos los más de los campesinos. En el periódico oficial los jerarcas del partido opinaron que los monjes transmitirían a los jóvenes «vicios ideológicos y supersticiones medievales». Entonces se acordó asignarlos a la alfabetización de los hijos de los trabajadores metalúrgicos. Que enseñaran las letras del alfabeto no resultaría peligroso para la educación de las futuras generaciones. La iglesia fue usada como almacén «de combustibles y neumáticos» de los camiones colectores de basura.
– Algunos monjes sobrevivieron; uno de ellos, el más joven, se dedica ahora a asistir enfermos desahuciados en los hospitales. Los días libres de tareas hospitalarias este monje los emplea en restaurar su iglesia. Los vecinos le ayudan en las noches, después que regresan del trabajo. Al principio cerraban la iglesia para que nadie se enterara de lo que ocurría dentro de ella; sobre todo para evitar denuncias sobre «hábitos contrarrevolucionarios». Pintores, albañiles y plomeros, son voluntarios. Han comenzado ya a celebrar, sin mucho ruido, fiestas tradicionales de la Iglesia como la Natividad. Santiago de Cuba, 1993.

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