Últimos párrafos del capítulo: "El vudú y el espíritu del capitalismo". Por : Osvaldo Montalvo Cossío


 

Últimos párrafos del capítulo: "El vudú y el espíritu del capitalismo":

"Volvamos atrás, al vudú. ¿Qué es el vudú? El vudú es un rito sincrético, animista y primitivo. No es una religión, no alcanza a serlo. Una religión: el cristianismo, el judaísmo, el islamismo, es un sistema (de creencia o fe), consistente, coherente.

Tiene personajes, protagonistas: Dios (independientemente de su concepto) en el centro, apóstoles, iglesia (estructurada o no). Divinidades secundarias: vírgenes, ángeles, santos. Aporta una visión del mundo y la existencia, y del porvenir del espíritu tras la muerte material.

Un método, un comportamiento, más específicamente, una moral para alcanzar la salvación que, a la vez, es el principio de convivencia en la vida terrenal.

En el vudú no hay nada de esto. Es un rito, es decir, una práctica religiosa que utiliza libremente imágenes, objetos y conceptos de otras creencias para, en lo fundamental, establecer comunicación con los muertos. Los muertos viven, en otro plano, por supuesto, y con ellos tendrá cada quien que negociar su suerte en este mundo. Rogando su favor o frustrando su rencor y venganza. Porque desde allá los muertos alcanzan este mundo. Para hacer esto el hombre deberá salir de sí, inducirse el trance: montarse. Hacer sacrificios reales –no alegóricos-, bañarse en la sangre redentora de los animales. Dolor, sangre, muerte, nunca podrá conformar un sistema de sosiego y paz.

Un rito primitivo: en el origen, todas las religiones pretenden responder a las mismas preguntas: ¿cuál es el sentido, el propósito? ¿Qué hacemos aquí? ¿De dónde venimos? ¿Se acaba la vida –la conciencia de sí- con la muerte? Aún más, ¿cómo se maneja la incertidumbre y la suerte? ¿Cómo evitar el dolor y las tragedias? ¿Cómo controlar la naturaleza? Todas, absolutamente todas coinciden en que existe un ente –un principio objetivo pero inmaterial e insensible, un Dios antropomorfo y sujeto a las mismas emociones y sentimientos que el ser humano- primigenio. El principio sin principio, la causa sin causa, el origen que no tiene explicación.

Pura lógica, en estos razonamientos no interviene la aspiración a sobrevivir la muerte ni el miedo a desaparecer con ella. Un principio causal, y sobre éste se edifican todas las causas que tienen efecto. En el plano natural y en el plano de la mente y el espíritu. Una explicación razonable, sobre todo en el plano emocional, es la existencia de Dios. Muchos dioses, como en el caso de los griegos (y muchas otras religiones), un solo y único Dios, como en el cristianismo. La divinidad, a final de cuentas.

A esta divinidad habrá que agradar. ¿Cómo? En el origen, mediante sacrificios: entregar lo más valioso para obtener el favor de los dioses. Frutas, cereales, metales preciosos: al hombre le resulta difícil salir de su propia vulgaridad para pensar en Dios, lo imagina sujeto a sus mismas pasiones y ambiciones. Buscar el favor de Dios mediante el ruego y la oración. Pedirle, reconocer de forma palmaria y humillante su inmenso poder frente a la vida humana. Ofrecerle, entonces, la vida misma. De niñas vírgenes, de hijos propios. De prisioneros capturados en la guerra. Más cómodo y a la mano: de animales. La sangre, que siempre se ha tenido por la sustancia de la vida. Y su ausencia por la marca de la muerte. La sangre es el sacrificio supremo.

En el origen todas las religiones tienen la misma visión: la sangre es el sacrificio supremo que se tiene que hacer para agradar a los dioses. Pero –y aquí es donde se abre una enorme diferencia- hay religiones: el cristianismo, en general, el judaísmo, que han evolucionado en el tiempo llegando a un concepto alegórico de los sacrificios. Vino en lugar de sangre, pan en lugar de carne. Castidad, continencia, frugalidad, oración, son los sacrificios del comportamiento. Generosidad, altruismo, hermandad.

No hay necesidad de estuprar o de asesinar a nadie en nombre de los dioses. Actualmente, al cristiano más fervoroso –de la denominación que se quiera- no se le ocurriría llevar un cordero para degollarlo en el altar de su iglesia como una forma de demostrarle obediencia a su dios. Lo vería -como lo veríamos todos en esta etapa del desarrollo humano- como un salvajismo. Una brutalidad.

Pero no todas las religiones han tenido el mismo desarrollo, se han moderado y adaptado a la vida moderna y civilizada como la entendemos en occidente. En general, en nuestro entorno actual la monogamia es la práctica y la ley. Pero no es lo que dicen y mandan muchos libros sagrados, escritos hace más de dos mil años. Cuando un hombre –cabría decir un macho- podía tener la cantidad de mujeres –de hembras- que quisiera y tener la mayor cantidad de hijos posibles. Justamente, un mundo primero, rústico, primitivo, mal poblado literalmente por tribus. No hay que explicar mucho que ésa no puede ser la práctica hoy en día.

Ver y tratar a la mujer como un animal doméstico al servicio del hombre. Tentación, fuente del pecado. No ver hombre y mujer como el mismo hijo de Dios. Ver y ejercer el castigo con crueldad, con el poder de la fuerza veleidosa. No como la disciplina de quien guía y enseña. Ver la vida carnal como dolor y sufrimiento, como expiación. No como oportunidad, como medio para proyectar el espíritu. No darle paz a los muertos, y su merecida dosis de olvido. Traerlos una y otra vez en sus peores cualidades –que tuvieron como tenemos todos- al mundo de los vivos. De nuevo: dolor y sufrimiento, dolor y esclavitud. Condena, maldición de los dioses. Una visión tétrica, tormentosa, paranoica, de los dioses y sus caprichos y pasiones terrenales.

Con religiones, con ritos de este tipo, es difícil pensar que en un fin de semana se puede disfrutar de un helado caminando felizmente con los hijos en el parque.

¿Qué puede aportar el vudú haitiano al catolicismo dominicano? Nada. Absolutamente nada, por lo menos de un valor positivo. Torcer una visión positiva, moral, espiritual de Dios hacia otra de cavernas, pantanos y perdición. Por demás, una visión, esta última, que en nada armoniza con el espíritu del capitalismo, para utilizar el concepto weberiano.

¿Multiculturalismo? Los antropólogos confunden muchas cosas. Lo primero, quizás por su mismo quehacer –defendiendo la profesión- en general tienen una actitud de que “todo tiempo pasado fue mejor”, lo que simplemente no es cierto. Con todos sus males y defectos, la civilización occidental, como la conocemos y en la que hoy vivimos, es el estadio más alto de bienestar y cultura que ha alcanzado el hombre en toda la historia de la humanidad. Afirmación que resulta bastante axiomática por lo que no entraremos a discutirla aquí.

Los antropólogos tienen la costumbre –casi un vicio- de idealizar el pasado y satanizar el presente actual, real y concreto. Es su forma de importantizar su profesión, pero al precio de distorsionar las cosas. El pasado nunca fue lo armonioso y feliz que dicen, porque no es borrando las barbaridades del pasado como se consigue la visión más justa y objetiva. Por otro lado, nadie –ni siquiera ellos- vivió ese pasado, por lo que sólo se lo puede imaginar. Y nunca sentir su escasez y precariedades. Sus abusos y crueldades.

En contraste total, sí sentimos los males de nuestro tiempo, porque aquí vivimos, no nos cuentan. Sin embargo, ni el pasado fue tan idílico, ni el presente es tan atroz. Más bien al contrario, las ventajas del presente –que no es decir que todo está y marcha bien- sobre el pasado son bastante evidentes.
De poderse hacer, no es que mucha gente quisiera mudarse al pasado bucólico de la pradera verde e infinita donde sólo pastan tranquilamente las ovejas. Pero donde hay que sembrar a mano la papa que va a comerse en la noche. Y buscar agua en el río para subirla en el hombro hasta la casa. Con todo y sus males, su velocidad, sus ruidos y su suciedad, la gente prefiere la modernidad urbana a cualquier forma de atraso feudal.

El multiculturalismo, otra cultura, si nos referimos a una expresión objetiva y pasada, como una pintura, una escultura o un libro, pues ciertamente se suma al acervo cultural del país. Pero otra cultura como creencias o costumbres distintas y opuestas a la tradición del país recipiente es un asunto totalmente diferente. Tener en cualquier lugar una pintura de Saturno comiéndose a su hijo dista mucho de la experiencia de ver degollar una gallina para beber su sangre.

Hay costumbres que no sólo son distintas sino que entran en contradicción: la monogamia, la responsabilidad paternal sobre los hijos. La responsabilidad sobre el bienestar propio. La productividad en una economía social. Como hay creencias y fes que no sólo son distintas sino que entran en contradicción: para un cristiano es muy difícil entender que a un muerto se lo entierre con los labios cosidos para que no pueda responder a las insinuaciones de los malos espíritus.

El catolicismo y el vudú no sólo son cosas y creencias distintas sino contradictorias. El vudú no le aporta nada de valor positivo a la fe religiosa del dominicano. Seguramente se maneja hábilmente con todos los espíritus, pero no con el espíritu del capitalismo. La opción es bastante obvia, el vudú sólo representa atraso. Lo que nada le quita como expresión cultural. Pero no debe ser más que esto."

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