Una fábula del Ensayo: Por Osvaldo Montalvo Cossio.
Una fábula del Ensayo:
De repente la ciudad es invadida por extranjeros de otra cultura (idioma, religión, costumbres, lo del color es lo de menos) y de un patrimonio diez veces menor que el de los nacionales. La invasión tiene tres causales: el deseo obvio de los extranjeros de abandonar su país para asentarse en la ciudad, el deseo de los ciudadanos de otras ciudades de que estos extranjeros lleguen a nuestra ciudad y no a la de ellos (por lo que financian distintas actividades dentro y fuera de nuestra ciudad con este propósito), y la ilusión de utilidad de los nacionales de nuestra ciudad que piensan equivocadamente que pagar un menor salario nominal a los extranjeros ilegales a la postre les permitirá un mayor nivel de utilidad, cuando la resultante es exactamente lo contrario.
Por esto último, lo primero que sucede es que los nacionales van perdiendo sus trabajos a manos de los invasores, con lo que son desplazados a la economía informal, gris o delincuente para poder sobrevivir.
Mientras, los primeros van imponiendo su forma de vida y su cultura. Luego los invasores se van colgando del presupuesto colectivo –público- puesto que sus empleadores –si es que están empleados- sólo le pagan el salario directo (que usan en su sostenimiento inmediato). El remanente, el costo indirecto de la mano de obra –el costo de su vida social, el costo de su vida por encima de la mera sobrevivencia- lo cubre la colectividad mediante el sistema de impuestos y subsidios. Pero esto no es todo, ni siquiera lo peor.
Puesto que su patrimonio –con el que llegaron y el que puedan acumular en el país- el extremadamente bajo, no pueden lograr adquirir un espacio privado (una casa), se tienen que volcar al espacio público, donde lo encuentren (u ocupar espacios privados abandonados, o recibir parte del salario directo en forma de habitación). Es decir, los extranjeros ilegales se asientan en el parque: en las construcciones en curso y abandonadas, en casas desalojadas, debajo de puentes, en las aceras. En estos espacios harán su vida personal y privada. Con esto perdimos el parque, y con el parque el nivel de utilidad que hasta ese momento nos reportaba. La ciudad ya no tiene parque.
Pero hay más todavía: como el parque no va a ser suficiente visto el volumen de invasores, el siguiente objetivo será el bosque. Con el bosque sucederá lo que con el parque, su destrucción puesto que la necesidad convertirá cualquier atisbo de utilidad (la madera de un banco, de un árbol, el metal de una estatua, un mosaico, una bombilla eléctrica) en un medio de sobrevivencia inmediata. Ambos serán destruidos por una plaga de langostas, hasta sólo dejar la tierra yerma y estéril por sobre la que pasó una tempestad. La ciudad perdió el parque y el bosque, y con ellos se derrumbó su nivel de utilidad, ahora ésta procede únicamente del consumo de bienes privados.
La ciudad, es decir, la comunidad, perdió el parque y el bosque. ¿Cuánto perdió? En el caso del parque, como se trata de un bien público convencional (resultado de la producción y el costo), y si no hay costos subsecuentes añadidos, como que el parque ahora esté ocupado por los extranjeros ilegales y que estos exijan una compensación para desalojar, el costo puede tomarse como el costo contable de su edificación. Un simple costo de reposición: si me estropearon o destruyeron un bien que me costó mil pesos, mil pesos me tienen que compensar. Como hacen las compañías aseguradoras. Eso, como acabamos de decir, si no hay costos subsecuentes añadidos.
Pero, ¿y en el caso del bosque, que es un bien público gratuito (regalo de la naturaleza, que no es resultado de producción y coste), cómo medir el costo de remediación? No tenemos un costo histórico, contable. Tampoco lo podemos aproximar por el valor presente de un flujo de ingresos futuros. De manera que sólo podemos calcularlo por la pérdida de utilidad social, una medida que, aunque indispensable (a final de cuentas, toda la economía versa sobre el nivel de utilidad), es compleja (la utilidad es una apreciación subjetiva sujeta a cambios en el tiempo y, obviamente, diferente entre individuos). Aunque es más indispensable que compleja: cuando hace un frío de muerte, el frío lo sienten todos, unos más que otros. Los que dicen no sentirlo –sea verdad o sea mentira- se mueren congelados.
La peor parte de los bienes públicos gratuitos es ésa, justamente, que son gratuitos. Como no hay un gasto monetario, un pago por obtenerlos para disfrutar de ellos (en contraste con los bienes privados), a pesar de su obvia utilidad, cuando se pierden, la sensación de pérdida es en principio distante y lenta. Puede incluso no sentirse nunca. Esto es común entre todos los bienes públicos: puedo, tengo derecho a sentarme en un banco del parque de Neyba, pero tengo años que no paso ni cerca. Si destruyeron el parque de Neyba para hacer apartamentos (por decir), ¿cómo darme cuenta? ¿Cómo sentir una pérdida de utilidad? Aunque si el parque fuera el Mirador del Sur, otra cosa sería, porque este parque sí entra de forma crítica en mi función de utilidad. Moraleja: la utilidad de los bienes públicos entre los distintos individuos incorpora un elemento de cercanía geográfica y de uso habitual. Lo que no es ningún descubrimiento: ¿para qué sirven las carreteras para quien nunca sale de la ciudad?
Los bienes públicos gratuitos no tienen un costo explícito, monetario, por lo que su existencia, como su pérdida, no aparecen en ninguna medida del producto económico. Por su lado, el costo de remediación: recuperar el bosque, digamos, puede llegar a ser infinito. Es decir, resultar imposible recuperar el bosque. Porque el bosque se constituyó en una especie extinguida (como muchos animales), porque el bosque se transformó en un asentamiento de extranjeros ilegales. Se perdió el bosque para siempre. ¿Cuánto perdimos? Difícil de establecer en dinero. Mucho, muchísimo, probablemente el veinticinco por ciento –o más- de la felicidad de una persona se deba a que vive frente a un parque sereno y tranquilo.
El hecho es que, como los bienes públicos gratuitos, hay otros elementos en la comunidad que comparten sus características: son comunes a todos los miembros de la sociedad, y no han sido resultado de la producción y el costo económico.
Como la lengua, la religión, las costumbres y la cultura. Un ejemplo elemental (dentro de la cultura): dirimir los conflictos mediante la intervención de un tercero imparcial (el sistema de justicia) y sin el uso de la violencia. Este también es un “bien público gratuito”. Si lo perdemos, si lo perdemos resultado de la invasión de ilegales que progresivamente van imponiendo otra cultura –otro sistema de “justicia”-, ¿cuánto perdemos? ¿Cuánto perdemos si de repente cualquier mirada torva termina en un duelo de machetes? ¿Cuánto perdemos si perdemos nuestras costumbres y nuestra cultura? ¿Cuánto? ¿Se puede medir en dinero? ¿Podemos medir en dinero la pérdida del país? Por esto, el verdadero coste de la invasión haitiana no es el gasto público que absorben en materia de salud y educación, menos su utilización del capital social. Es el coste de remediación, el costo implícito, no monetario, sólo medible en términos de pérdida de utilidad social, que significa la destrucción de los bienes públicos gratuitos objetivos -los bosques- y los culturales -las costumbres de convivencia y cohabitación, hasta el sistema de justicia, pasando por las creencias religiosas-.
A diferencia del subsidio económico (por grande que sea, siempre limitado), el costo de remediación -precisamente porque no hay gasto explícito, un pago monetario- tiende al infinito. Y como todo costo que se hace progresivamente mayor, mayor la probabilidad de que no sea saldado. Es el costo de remediación, el costo de los elementos no monetarios dentro de la función de utilidad social, los que a la postre llevarán ésta a niveles de infamia. Llegados a ese punto, al punto de no retorno, donde no se puede dar marcha atrás y no tiene sentido el arrepentimiento, todo será más claro. Muchos clamarán: ¿cómo fue que no lo vimos? Pero entonces será muy tarde.
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