LA MASACRE DEL BATALLÓN CANTABRIA

LA MASACRE DEL BATALLÓN CANTABRIA
“En enero de 1801 Toussaint Louverture decidió por su cuenta, contrariando a Napoleón, hacer efectiva la ocupación de la parte española por Francia, lo cual estaba pendiente de ejecutarse desde el tratado de Basilea hacía casi seis años”1
“El 6 de enero de 1801 Joaquín García se hallaba en misa en la catedral de Santo Domingo, cuando recibió el amenazador despacho de Toussaint. Al momento mandó tocar la generala y tirar alarma; envió expresos a todas partes con orden de rechazar la invasión, y le contestó a Toussaint que la aplazara hasta que vinieran instrucciones del Gobierno español. De su parte el general francés Chanlatte convocó en su casa como 100 franceses y unos pocos dominicanos en la "Fuerza", y los reunió al batallón de Cantabria; de éste acantonó algunas compañías a orillas del Nisao, y ordenó a las milicias del Cibao defendiesen los pasos de los ríos Guayubín y Amina.” “Y el 27 de enero 1801 el Gobernador haitiano penetró en la antigua ciudad”2
“Toussaint nombró a dos generales como jefes de distrito en la parte Este: Agustín Clervaux en el Cibao y Paul Louverture, su hermano, en Santo Domingo, y marchó a la parte Oeste. Un año más tarde, el 3 de enero de 1802, retornó a la antigua parte española. En su visita estaba interesado en inspeccionar la agricultura, particularmente la que se desarrollaba en las plantaciones que había ordenado fomentar. Cuando se retiró, «que lo hizo el día 29 de enero en la madrugada a son de música y trompetas por el camino del sud», condujo hacia la parte francesa, escoltados por 200 granaderos de su guardia, a 500 miembros del regimiento español fijo”3
Coincidiendo con el viaje de regreso de Toussaint hacia la parte este, que ocurrió a finales de enero del 1802, exactamente un año después de la unificación de la isla, en una ostentación de poder y grandeza nunca antes vista en estas tierras, unos 58 mil soldados y ochenta y seis barcos al mando del general francés Charles Victoire Emmanuel Leclerc empezaron a concentrarse en la bahía de Samaná (luego en Cabo Haitiano) como paso previo para ocupar toda la isla tras ser enviados por Napoleón Bonaparte con la misión de deponer a Toussaint Louverture.4
Sin resistencia alguna [los franceses (adición de Memoria Histórica)] ocuparon esa ciudad [Santo Domingo] después de que Juan Barón, liderando tropas criollas, preparó las condiciones para la expulsión de Paul Louverture y los 1,600 soldados estacionados en Santo Domingo, lo que facilitó el 21 de febrero de 1802 la entrada de los franceses después de un asedio que duró tres semanas. El temor que infundía la administración de Louverture a los dominicanos les hizo decidir por un mal menor al aceptar el dominio francés. Esta actitud de los dominicanos provocó la ira de Toussaint, quien en los primeros días de marzo hizo degollar a los integrantes del batallón fijo de Santo Domingo que había trasladado a la parte oeste.5
“Fácil fué la empresa en la parte dominicana, porque sus habitantes se aprestaron á ayudar al desalojo de las fuerzas que obedecían á Toussaint, y en algunos lugares, entre ellos en la Capital, ellos solos obligaron á los haitianos á capitular, lo que fue motivo para que el héroe novelesco de Lamartine cometiera uno de los actos de salvajismo más horribles que registra la historia de sus matanzas. Cuando Toussaint Louverture tuvo noticias de la capitulación de su delegado en la Capital, hizo salir las companías del batallón Cantabria, compuesto casi todo de dominicanos, que le había prestado Buenos servicios en Port-au-Prince, y en un lugar llamado Verrette, sin más motivo, que su odio de raza, los hizo amarrar de dos en dos por la espalda, y dando satisfacción á sus instintos de tigre, los paso por las armas”6
Notas:
1-.Historia Dominicana de Orlando Inoa, página 249.
2- Invasión de Toussaint Louverture. Por José Alejandro Llenas Julia, página
3- Historia Dominicana de Orlando Inoa página 253.
4- op. cit. página 254
5-op. cit. página 255.
6- La República Dominicana: reseña general geográfico-estadística por José Ramón Abad, página 109.

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