Hijos de Caín por Eduardo Gautreaux de Windt:
Cuando comenzó todo, nadie nos creyó. Solo cuando la desgracia era una total realidad, fue cuando algunos reconocieron que teníamos razón, pero ya era demasiado tarde. Todo estaba perdido ya.
Ellos venían gestando esto desde hace tiempo. Más de cinco lustros atrás; es más, desde mucho antes, desde que nosotros consolidamos nuestro sueño de libertad, rompiendo todos los vínculos con ellos. Y nosotros nos dormimos, creíamos que eran tan débiles que eran incapaces de hacernos daños. Que eran infelices, desposeídos, olvidados de las manos de sus oscuros dioses. Y le tomamos pena. Y nos confiamos, olvidando que también los débiles tienen poder, mucho poder, amparados en su miseria y la conmiseración que inspiran. Y ahora, ya ven, lo hemos perdido todo. Perdimos todos y ganó el miedo. El miedo que en medio de nosotros se asentó para no partir jamás.
Es increíble, pero no asimilamos la Historia. Parece que no aprendimos nada del pasado. Ellos sí: se mantuvieron fieles a sus aspiraciones, a su proyecto de una e indivisible; constantes en sus propósitos de volver, adueñándose de todo cuanto consideraban que era suyo, y que le había sido arrebatado por la fuerza. Se consideraban amparados en el derecho del pasado. En la gloria hegemónica de sus ancestros, en la dureza que le ha permitido consolidar la necesidad y el dolor, el odio y la espera. Y aquí están de nuevo, poco a poco se fueron instalando, para recuperar la supremacía perdida.
Nosotros somos los cobardes, los indolentes, los serviles, nosotros somos los que permitimos que nos vendieran como ganado, por dudosos platos de lentejas, por espejitos nos han vendido nuestro propios gobernantes.
Ahora seremos pueblo nómada, errante; masa de borregos difuminados entre continentes y países extraños. Y conforme a nuestro himno: fuimos destruidos, y lanzados al viento, porque no supimos defender como bravíos esa tierra que era nuestra. Nos faltó valor, visión, coraje.
Es que jamás, muchos, pensaron que los bárbaros doblegarían a Roma.
—¡No ombe no, no tienen ejércitos, no tienen armas, no tienen recursos, ni están organizados!
—¿Esos? Son unos muertos de hambre. Dignos de lástima y de misericordia.
Y así fue pasando el tiempo… Y poco a poco, uno a uno, de dos en dos, de tres en tres, y luego en cuadrillas, en cambotes, en camiones, y luego con los vientres dinamitaron nuestro pueblo.
Y mira ahora, cómo estamos. Desde el Oeste al Este, desde el Norte hasta el Sur, en todos nuestros campos ellos dominan: ganaron el territorio sin disparar un tiro, sin un arma, sin pólvora, solo con astucia, con su miseria, con todo el cúmulo de sus debilidades, porque eso es lo que los hace fuertes, invencibles, invulnerables, y los mantiene unidos… mientras nosotros nos desgarramos las carnes y nos sacamos los ojos unos a otros.
Hasta ayer, se bailaba en las calles, ron, cerveza y el eterno pugilato por un efímero poder, por los millones que colmaban las ambiciones de pendejos caciques que cortaban y recortaban la Constitución a sus anchas, para hacerse los trajes a su medida, sin darse cuenta que andaban desnudos como el rey orate.
Danza de millones, palabrería altisonante y vacua para gobernantes de pacotilla: sordos de mierda, que se creyeron omnipotentes aparados en un puñado de ladrones y en un corifeo de vendidos por posiciones efímeras, Indolentes que por tapar sus inmensas faltas no se les apretó el pecho para entregarnos, poniéndose en cuatro ante los angurriosos que sabían que podían resolver aquel problema con nosotros; y esos estúpidos sirviéndose del Partido y del Pueblo, creyeron que creaban estas hordas de votantes, inofensivos: 20 millones de sufragantes!!! 20 millones en un solo Mercado. Polillas, langostas que acabaron su agua y vinieron, poco a poco por la nuestra.
¡Coño, que dolor! ¡Cuánto ha costado esta Tierra, esta libertad, este nombre que ahora rueda por el suelo! Ahora, que queman la bandera, la arrastran y hasta un pequeño invasor limpia zapatos con ella delante de nosotros.
¡Corrompido est! ¡Todo está corrompido! No sirven los partidos, no hay oposición, no hay militares, ni civiles con arraigo. ¡Ya a nadie le duele esta Patria!
No quedará piedra sobre piedra. No permanecerán los muros en pie nuestros muros de más de quinientos años, y las tumbas de nuestros ancestros serán abiertas y esparcidos los huesos, ante nuestros ojos cobardes.
Cuando comenzó todo, nadie nos creyó, ahora, “Hijos de Caín”, salid a errar por otras Tierras, contar la Historia de esta Patria que perdieran por cobardes, por indolentes, por serviles. ¡Id, y contarle al resto del mundo! Decidle que fuimos vendidos por nuestros Gobernantes, enanos ciegos que hicieron lo que jamás se había hecho, y que nosotros no hicimos nada; que fuimos desalojados por una horda de miserables que sin armas, sin pertrechos, sin ejércitos tuvieron el coraje de expulsarnos, chin a chin de nuestro propio territorio y convertirnos en una nación espurrea, nómada, cabizbaja e inútil, sin País, sin Nación, sin Nombre. EGW»
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