La Economía Política en la Destrucción de la República Dominicana por Osvaldo Montalvo Cossío.
Actualmente la República Dominicana es víctima de una conspiración internacional de alta inteligencia. La conspiración es de larga data, pero apenas ahora afloran y se hacen visibles sus palancas. El propósito es traspasarle el costo del Estado falllido haitiano. El término costo no es retórico, como demostramos en el presente ensayo. Al descargar el costo del Estado haitiano sobre los hombros de los dominicanos, los países centrales –Estados Unidos, Canadá y Francia- obtienen un ahorro equivalente. El proceso ha sido cuidadosamente concebido aunque, al final, la haitianización de la República Dominicana inevitablemente significa su destrucción. Su extinción como Estado organizado. Al parecer un costo bajo para las potencias con tal de deshacerse de lo que es su responsabilidad.
El proceso empieza por:
a) Crearle al país una falsa ideología de exclusión y discriminación: los dominicanos son racistas, antihaitianos, xenófobos.
b) Con esto se los acusa en distintos tribunales internacionales.
c) Se le amenaza con sanciones económicas.
El proceso empieza por:
a) Crearle al país una falsa ideología de exclusión y discriminación: los dominicanos son racistas, antihaitianos, xenófobos.
b) Con esto se los acusa en distintos tribunales internacionales.
c) Se le amenaza con sanciones económicas.
A la vez:
d) Se captura la clase política mediante los expedientes de corrupción administrativa.
Pero:
e) Se promueve al interior el marxismo cultural como forma de pervertir y prostituir la sociedad. Se atacan los valores tradicionales como la familia, la honestidad, la decencia, las creencias relgiosas.
f) Distorsionan la historiografía, profanan los monumentos históricos, disminuyen la estatura de los héroes patrios.
Un proceso bien financiado desde el exterior. Se crea cualquier número de ongs que atacan desde diferentes ángulos.
g) Se hostiga al gobierno con el expediente de la corrupción (violación a diversas leyes que protegen la propiedad pública) cuidando de no mencionar la constante violación a la ley de migración.
i) Igualmente se captura la prensa. Se difunde ampliamente cualquier agresión que un dominicano haya cometido contra un haitino, pero se silencia en el país e internacional cuando un haitiano asesina a un dominicano –lo que es peor, en territorio nacional-.
En el plano económico, técnicos de organismos internacionales asociados a economistas locales vendidos a la causa de la fusión, se han encargado de:
h) Inventarse unas teorías cínicas más que absurdas para pretender convencer a los dominicanos de que: La migración haitiana es una “oportunidad” para los dominicanos. Que no desplaza a ningún trabajador dominicano. Aún más, que es beneficiosa para el país por cuanto crea valor y demanda interna por los productos de manufactura nacional.
Cuando:
i) Haití es el país más pobre del hemisferior. Su nivel de desempleo está por encima de la mitad de su fuerza laboral y su nivel de analfabetismo por encima del 70%
j) Cualquier teoría del subdesarrollo empieza por enfatizar la necesidad imperiosa de capital humano, es decir, trabajadores con un nivel de calificación alto, y la producción de mercancías de alto valor agregado (mercancías de conocimiento).
Estas teorías quieren convencer a los dominicanos de que el desarrollo es el atraso, que al desarrollo se llega haciendo exactamente lo contrario que han hecho aquellos que sí han avanzado.
El proceso de inducción ha estado localizado más en los planos ideológicos (racismo, xenofobia, exclusión, etc.) que en el económico. La razón es obvia: es difícil convencer a un individuo –más a un país entero- que le beneficia exactamente lo que lo perjudica. Pero, como indicamos antes, se han avanzado algunas consignas. Por ello es muy pertinente plantear los efectos de la invasión en términos estrictamente económicos. Y más que económicos, financieros y contables. Para demostrar que:
k) La haitianización de la República Dominicana implica necesariamente su destrucción.
l) Que la economía nacional no tiene capacidad para absorber la masa de trabajadores haitianos, que no tienen absolutamente sin ninguna calificación.
m) Que cada trabajador haitiano –ilegal o no- empleado al salario de sobrevivencia –aún al mínimo legal- implica un subsidio social que aumenta porporcionalmente con la cantidad de trabajadores.
n) Que el Estado dominicano no tiene manera de sostener ese subsidio. Y que la ausencia de subsidio se constituye en indigencia.
En suma, que la invasión de haitianos convertirá en poco tiempo la República Dominicana en otro Estado fallido.
d) Se captura la clase política mediante los expedientes de corrupción administrativa.
Pero:
e) Se promueve al interior el marxismo cultural como forma de pervertir y prostituir la sociedad. Se atacan los valores tradicionales como la familia, la honestidad, la decencia, las creencias relgiosas.
f) Distorsionan la historiografía, profanan los monumentos históricos, disminuyen la estatura de los héroes patrios.
Un proceso bien financiado desde el exterior. Se crea cualquier número de ongs que atacan desde diferentes ángulos.
g) Se hostiga al gobierno con el expediente de la corrupción (violación a diversas leyes que protegen la propiedad pública) cuidando de no mencionar la constante violación a la ley de migración.
i) Igualmente se captura la prensa. Se difunde ampliamente cualquier agresión que un dominicano haya cometido contra un haitino, pero se silencia en el país e internacional cuando un haitiano asesina a un dominicano –lo que es peor, en territorio nacional-.
En el plano económico, técnicos de organismos internacionales asociados a economistas locales vendidos a la causa de la fusión, se han encargado de:
h) Inventarse unas teorías cínicas más que absurdas para pretender convencer a los dominicanos de que: La migración haitiana es una “oportunidad” para los dominicanos. Que no desplaza a ningún trabajador dominicano. Aún más, que es beneficiosa para el país por cuanto crea valor y demanda interna por los productos de manufactura nacional.
Cuando:
i) Haití es el país más pobre del hemisferior. Su nivel de desempleo está por encima de la mitad de su fuerza laboral y su nivel de analfabetismo por encima del 70%
j) Cualquier teoría del subdesarrollo empieza por enfatizar la necesidad imperiosa de capital humano, es decir, trabajadores con un nivel de calificación alto, y la producción de mercancías de alto valor agregado (mercancías de conocimiento).
Estas teorías quieren convencer a los dominicanos de que el desarrollo es el atraso, que al desarrollo se llega haciendo exactamente lo contrario que han hecho aquellos que sí han avanzado.
El proceso de inducción ha estado localizado más en los planos ideológicos (racismo, xenofobia, exclusión, etc.) que en el económico. La razón es obvia: es difícil convencer a un individuo –más a un país entero- que le beneficia exactamente lo que lo perjudica. Pero, como indicamos antes, se han avanzado algunas consignas. Por ello es muy pertinente plantear los efectos de la invasión en términos estrictamente económicos. Y más que económicos, financieros y contables. Para demostrar que:
k) La haitianización de la República Dominicana implica necesariamente su destrucción.
l) Que la economía nacional no tiene capacidad para absorber la masa de trabajadores haitianos, que no tienen absolutamente sin ninguna calificación.
m) Que cada trabajador haitiano –ilegal o no- empleado al salario de sobrevivencia –aún al mínimo legal- implica un subsidio social que aumenta porporcionalmente con la cantidad de trabajadores.
n) Que el Estado dominicano no tiene manera de sostener ese subsidio. Y que la ausencia de subsidio se constituye en indigencia.
En suma, que la invasión de haitianos convertirá en poco tiempo la República Dominicana en otro Estado fallido.
1. El libre intercambio.
La economía política moderna arranca con el fenómeno más inmediato y externo: el intercambio de mercancías en el mercado libre. De inmediato surgen dos conceptos que requieren precisión: mercancía y mercado libre. Mercancías son objetos (debemos incluir los servicios) útiles al efecto del consumo humano. Típicamente se obtienen mediante producción, en contraste con los objetos que pueden ser tomados libremente de la naturaleza (que, por ende, son útiles pero no son mercancía).
En principio, el análisis no tiene en cuenta el origen de la mercancía sino el hecho de que se encuentra en el mercado. Por otro lado tenemos el mercado libre al que concurren libre y voluntariamente compradores y vendedores. Ninguno está sujeto a coerción ni obligado a comprar o vender. Lo que hace, lo hace por pura conveniencia.
El juego de las conveniencias individuales confrontadas unas a las otras libremente determina la cantidad de cosas que se transan (que de hecho y efectivamente se compran y se venden) y el precio al que tiene lugar cada transacción. La teoría propone que cada vez que sucede una transacción en el mercado libre es porque se ha llegado a un equilibrio: los vendedores han obtenido voluntariamente lo más que han podido, los compradores por igual. De aquí tenemos la mejor situación posible, dadas las circunstanticas. Es decir, dadas las dotaciones de mercancías y el estado de conocimiento, etc.
Todavía la precisión requiere de mayor puntualización. El mercado tiene un contorno en el espacio y en el tiempo, que es donde tiene realidad y efectividad. Donde los deseos e intenciones de compradores y vendedores se pueden expresar, donde tienen influencia. Si un mercado no se entera, no recibe el influjo de las decisiones de un determinado agente, es, entonces, como si no existiera. Sin ánimo de profundizar puesto que no es el lugar, será conveniente observar que ésta es una visión ideal del mercado libre, sus mecanismos y resultados. De esta visión favorablemente idealizada surge el hito de optimalidad: el mejor estado de cosas, por lo menos entre todos los estados posibles. Un máximo. Porque hay perspectivas que establecen que por debajo del equilibrio de oferta y demanda subyace un desequilibrio por cuanto algunos agentes quieren vender (trabajo, por ejemplo), pero no encuentran compradores. Están racionados, con lo que el mercado no es lo libre que se piensa, etc.
Pero mantengámonos dentro de los límites de la teoría convencional. ¿Por qué un vendedor desea vender y un comprador desea comprar? La respuesta obvia es porque al comprador le reporta mayor utilidad la posesión y el consumo de la mercancía de que se trata, a la vez que al vendedor le reporta mayor utilidad el dinero que recibe a cambio de su venta.
Están dadas las condiciones del intercambio, hay conveniencia de lado y lado. Sin embargo, las transacciones no son infinitas. Continuarán hasta que la conveniencia de uno o de ambos lados se agote. Entonces el intercambio cesa. Todo mundo se encuentra satisfecho con lo que tiene a los precios de mercado, que son exactamente la tasa por la cual se intercambio una mercancía por otra.
En el mercado libre no todo mundo es igual. Es decir, hay gente para quienes los frijoles son mejores que el arroz y el pescado mejor que la carne. Individuos diferentes tienen preferencias diferentes. Sin embargo, actuando individualmente, involuntariamente, hasta inconcientemente establecen los precios de mercado a los cuales cada uno se somete.
Toda una paradoja: individuos atomizados, siguiendo el principio de su conveniencia individual, colectivamente establecen los términos de intercambio a los que están obligados.
El mercado dice lo siguiente, por ejemplo:
10 libras de tomate = RD$360 = 3 horas de trabajo
En el mercado moderno las mercancías se compran con dinero y se venden a cambio de dinero. Corresponde a una economía especializada en que cada quien produce algo que no quiere por sí mismo sino que lo hace para venderlo en el mercado. La mayor parte de la población trabajadora no son productores en el sentido de propietarios del producto que se vende. Lo son, sin embargo, por cuanto colaboran en la producción del producto como trabajadores. En otros términos, aunque en el mercado se compra con dinero y se vende a cambio de dinero, en realidad se compra a cambio de otra mercancía, y se vende a cambio de otra mercancía. En este aspecto, el dinero es un simple medio de intercambio. Al trabajador le pagan RD$360 por 3 horas de trabajo. Con este dinero va al mercado y adquire 10 libras de tomate. Obviamente, está comprando las 10 libras de tomate con sus 3 horas de trabajo.
2. La formación del salario.
En una economía capitalista (de libre mercado, de libre empresa) como la que tenemos, el mercado fija el precio de intercambio para todos los objetos susceptibles de uso, independientemente de su nocividad, legalidad o moralidad. El tabaco y el alcohol son ambos dañinos a la salud, sin embargo se venden libremente. El contrabando es ilegal pero quien compra a un precio reducido no se queja del asunto, y a las prostitutas se les denomina modernamente trabajadoras sexuales. Más que un juez, el mercado es un mecanismo y, como tal, no es deliberante sino en lo que toca a la cantidad ofrecida en venta y la cantidad deseada en compra.
Como cualquier mercancía, el trabajo (debíamos decir la fuerza de trabajo) se vende y se compra. Hay una cierta cantidad de trabajo en oferta, y otra cantidad en venta. Oferta y demanda deciden el precio y cantidad de trabajo de equilibrio, es decir, aquella cantidad que real y efectivamente se transará en el mercado. Y el precio a que tiene lugar esta transacción. Al precio del trabajo le llamamos salario.
Cuando el salario es muy bajo se encontrará disponible muy poca cantidad de trabajo: la curva de oferta de trabajo es de pendiente positiva, como la de cualquier mercancía. A medida que aumenta el salario, mayor cantidad de trabajadores estarán dispuestos a vender su fuerza de trabajo. Aquí interviene un elemento importante, lo que los economistas llaman la desutilidad del trabajo. El nombre es poco descriptivo pero la idea es clara: para hacer un trabajo de determinada dureza y complejidad, en un tiempo determinado, se necesita una compensación que cubra la apreciación del esfuerzo que hace el trabajador potencial. Si el salario prometido es superior a la desutilidad del trabajo, aumentará el trabajo ofrecido. Si es igual, quedará donde se encuentra, y se reducirá si es menor. La idea simple es que necesitamos una compensación suficiente –subjetivamente- para acometer una cierta tarea. Si no la tenemos, no se hará. Este principio lo podemos expresar, simbólicamente, como:
Si w < Dt, entonces Lo = 0
En una economía capitalista (de libre mercado, de libre empresa) como la que tenemos, el mercado fija el precio de intercambio para todos los objetos susceptibles de uso, independientemente de su nocividad, legalidad o moralidad. El tabaco y el alcohol son ambos dañinos a la salud, sin embargo se venden libremente. El contrabando es ilegal pero quien compra a un precio reducido no se queja del asunto, y a las prostitutas se les denomina modernamente trabajadoras sexuales. Más que un juez, el mercado es un mecanismo y, como tal, no es deliberante sino en lo que toca a la cantidad ofrecida en venta y la cantidad deseada en compra.
Como cualquier mercancía, el trabajo (debíamos decir la fuerza de trabajo) se vende y se compra. Hay una cierta cantidad de trabajo en oferta, y otra cantidad en venta. Oferta y demanda deciden el precio y cantidad de trabajo de equilibrio, es decir, aquella cantidad que real y efectivamente se transará en el mercado. Y el precio a que tiene lugar esta transacción. Al precio del trabajo le llamamos salario.
Cuando el salario es muy bajo se encontrará disponible muy poca cantidad de trabajo: la curva de oferta de trabajo es de pendiente positiva, como la de cualquier mercancía. A medida que aumenta el salario, mayor cantidad de trabajadores estarán dispuestos a vender su fuerza de trabajo. Aquí interviene un elemento importante, lo que los economistas llaman la desutilidad del trabajo. El nombre es poco descriptivo pero la idea es clara: para hacer un trabajo de determinada dureza y complejidad, en un tiempo determinado, se necesita una compensación que cubra la apreciación del esfuerzo que hace el trabajador potencial. Si el salario prometido es superior a la desutilidad del trabajo, aumentará el trabajo ofrecido. Si es igual, quedará donde se encuentra, y se reducirá si es menor. La idea simple es que necesitamos una compensación suficiente –subjetivamente- para acometer una cierta tarea. Si no la tenemos, no se hará. Este principio lo podemos expresar, simbólicamente, como:
Si w < Dt, entonces Lo = 0
Que se lee: si el salario, w, es inferior a la desutilidad del trabajo, Dt, entonces la oferta de trabajo, Lo, es cero.
De aquí que los economistas denominados neoclásicos planteen que existe desempleo, no porque no hay suficientes plazas de trabajo, sino porque la desutilidad del trabajo es muy alta. Es decir, porque los trabajadores no aceptan un salario inferior al de sus expectativas. Hay otro ángulo al asunto, el que se deduce de la economía de Keynes (puesto que él mismo no profundizó en el asunto): que los trabajadores están dispuestos a trabajar a un salario inferior a su desutilidad, lo que sucede es que el sistema no genera las plazas suficientes.
Por su lado, los economistas clásicos establecieron que el salario se fija al nivel de subsistencia. La racionalidad para esto es simple: existen fuerzas inherentes al sistema capitalista que hacen que la oferta de trabajo sea superior a la demanda. El salario, pues, tiende a disminuir. Sin embargo, si desciende por debajo del nivel de subsistencia, es la fuerza de trabajo la que disminuye. Fuerza de trabajo imprescindible para el capital. Consecuentemente, el nivel del salario al que el capital cuenta con la cantidad de trabajo que necesita es el nivel de sobrevivencia.
El nivel de sobrevivencia es lo que evoca el término, el mínimo para que el trabajador y su familia simplemente puedan pasar de un día al siguiente, biológicamente. Para que se reproduzca en el tiempo y generacionalmente como fuerza bruta de trabajo. Es bien conocida la sentencia de Thomas Malthus al respecto: la reproducción de los trabajadores es una progresión geométrica. De su lado, la producción de alimentos es una progresión aritmética. Una y otra tienen que coincidir necesariamente en cada momento, de manera que cuando la cantidad de trabajadores sea superior a la que la cantidad de alimentos pueda sostener, la naturaleza se encargará de deshacerse del exceso. Hambrunas y enfermedades eliminarán a los trabajadores innecesarios. A la inversa, cuando hayan más alimentos que trabajadores, el instinto humano se encargará de hacer crecer la población trabajadora. Tenemos aquí, pues, un primer y temprano mecanismo de regulación de la fuerza de trabajo que fija el salario al nivel de sobrevivencia.
El mínimo legal. Si los clásicos plantean que el salario se fija al nivel de sobrevivencia, los neoclásicos posteriores dicen que esto no es así. El salario lo determina el libre mercado según las fuerzas de oferta y demanda que operan en cada momento. Si la demanda de mano de obra es superior a la oferta, el salario aumentará, y disminuirá en caso contrario. No es cierto que el salario esté condenado al nivel de sobrevivencia. De hecho, el salario hoy en día es muy superior al prevaleciente en los inicios del capitalismo. Será bajo, pero en relación al nivel de ingreso de los segmentos superiores de la sociedad. Pero muy elevado si lo comparamos con su nivel en 1850, por decir.
Sin embargo, el sistema de mercado tiene demostradamente una fuerte tendencia a la subocupación (a emplear solamente una parte de la oferta de trabajo) o, lo que es lo mismo, a la disminución progresiva del salario. Si el sistema de mercado se deja operar libremente (en condiciones de laissez faire), aumentará el desempleo y caerán los salarios. Eventualmente por debajo del nivel de sobrevivencia. Consecuentemente interviene el Estado para fijar un mínimo legal. El mínimo legal es una convención: obviamente por encima del mínimo de sobrevivencia, y algo más, para darle al trabajador la dignidad que en ese momento concede el conjunto de la sociedad. Obviamente, el mínimo legal está por encima del salario de mercado puesto que de otra manera fuera innecesario. Podríamos especular en una situación inversa, en que éste fuera superior al primero, pero entonces éste sería innecesario.
De aquí que los economistas denominados neoclásicos planteen que existe desempleo, no porque no hay suficientes plazas de trabajo, sino porque la desutilidad del trabajo es muy alta. Es decir, porque los trabajadores no aceptan un salario inferior al de sus expectativas. Hay otro ángulo al asunto, el que se deduce de la economía de Keynes (puesto que él mismo no profundizó en el asunto): que los trabajadores están dispuestos a trabajar a un salario inferior a su desutilidad, lo que sucede es que el sistema no genera las plazas suficientes.
Por su lado, los economistas clásicos establecieron que el salario se fija al nivel de subsistencia. La racionalidad para esto es simple: existen fuerzas inherentes al sistema capitalista que hacen que la oferta de trabajo sea superior a la demanda. El salario, pues, tiende a disminuir. Sin embargo, si desciende por debajo del nivel de subsistencia, es la fuerza de trabajo la que disminuye. Fuerza de trabajo imprescindible para el capital. Consecuentemente, el nivel del salario al que el capital cuenta con la cantidad de trabajo que necesita es el nivel de sobrevivencia.
El nivel de sobrevivencia es lo que evoca el término, el mínimo para que el trabajador y su familia simplemente puedan pasar de un día al siguiente, biológicamente. Para que se reproduzca en el tiempo y generacionalmente como fuerza bruta de trabajo. Es bien conocida la sentencia de Thomas Malthus al respecto: la reproducción de los trabajadores es una progresión geométrica. De su lado, la producción de alimentos es una progresión aritmética. Una y otra tienen que coincidir necesariamente en cada momento, de manera que cuando la cantidad de trabajadores sea superior a la que la cantidad de alimentos pueda sostener, la naturaleza se encargará de deshacerse del exceso. Hambrunas y enfermedades eliminarán a los trabajadores innecesarios. A la inversa, cuando hayan más alimentos que trabajadores, el instinto humano se encargará de hacer crecer la población trabajadora. Tenemos aquí, pues, un primer y temprano mecanismo de regulación de la fuerza de trabajo que fija el salario al nivel de sobrevivencia.
El mínimo legal. Si los clásicos plantean que el salario se fija al nivel de sobrevivencia, los neoclásicos posteriores dicen que esto no es así. El salario lo determina el libre mercado según las fuerzas de oferta y demanda que operan en cada momento. Si la demanda de mano de obra es superior a la oferta, el salario aumentará, y disminuirá en caso contrario. No es cierto que el salario esté condenado al nivel de sobrevivencia. De hecho, el salario hoy en día es muy superior al prevaleciente en los inicios del capitalismo. Será bajo, pero en relación al nivel de ingreso de los segmentos superiores de la sociedad. Pero muy elevado si lo comparamos con su nivel en 1850, por decir.
Sin embargo, el sistema de mercado tiene demostradamente una fuerte tendencia a la subocupación (a emplear solamente una parte de la oferta de trabajo) o, lo que es lo mismo, a la disminución progresiva del salario. Si el sistema de mercado se deja operar libremente (en condiciones de laissez faire), aumentará el desempleo y caerán los salarios. Eventualmente por debajo del nivel de sobrevivencia. Consecuentemente interviene el Estado para fijar un mínimo legal. El mínimo legal es una convención: obviamente por encima del mínimo de sobrevivencia, y algo más, para darle al trabajador la dignidad que en ese momento concede el conjunto de la sociedad. Obviamente, el mínimo legal está por encima del salario de mercado puesto que de otra manera fuera innecesario. Podríamos especular en una situación inversa, en que éste fuera superior al primero, pero entonces éste sería innecesario.
3. El principio de la huelga.
En un momento determinado, los trabajadores plantean que ganan muy poco. No que ganan por debajo del mínimo legal, ni por debajo de la desutilidad del trabajo, ganan muy poco con respecto a las ganancias del capital. Se supone que a cada factor de la producción se le paga su contribución al producto. Los trabajadores exigen su exacta aportación, ni un centavo menos. La patronal no piensa igual, entiende que paga al nivel o por encima del mínimo legal y que paga el salario corriente, que el mercado se encarga de fijar al nivel exacto del producto marginal del trabajo. La patronal dice que paga lo justo según las leyes económicas, y por encima del mínimo legal, y los trabajadores dicen que no les pagan lo que les corresponde. No se ponen de acuerdo y los trabajadores se van a la huelga.
El efecto inmediato de la huelga es hacer la oferta de trabajo externamente cero al nivel del salario corriente. A ese salario nadie trabaja como mandato del sindicato. Ahora cada lado tiene que hacer un cálculo para ver si le conviene mantener la huelga, y por cuánto tiempo.
a) Los trabajadores tienen que medir lo siguiente:
. Su capacidad de sostenerse (al menos a nivel de sobrevivencia) sin percibir ingresos. Sus ahorros son prácticamente nulos aunque pueden apelar al subsidio lateral de otros sindicatos (a menos que sea una huelga general).
. La capacidad de la empresa de sustituir trabajo por capital de manera que los trabajadores sean innecesarios, si no totalmente en una buena proporción.
. La posibilidad de que la empresa introduzca a la fuerza o mediante recursos menos represivos trabajadores cuya desutilidad ante el trabajo sea menor que la de los sindicalizados de tal forma que aceptan trabajar al salario que los sindicalistas rechazan (en México los llaman esquiroles).
. Estos perjuicios potenciales deben ser comparados con el beneficio adicional de obtener de la patronal un mejor salario en lo sucesivo.
En un momento determinado, los trabajadores plantean que ganan muy poco. No que ganan por debajo del mínimo legal, ni por debajo de la desutilidad del trabajo, ganan muy poco con respecto a las ganancias del capital. Se supone que a cada factor de la producción se le paga su contribución al producto. Los trabajadores exigen su exacta aportación, ni un centavo menos. La patronal no piensa igual, entiende que paga al nivel o por encima del mínimo legal y que paga el salario corriente, que el mercado se encarga de fijar al nivel exacto del producto marginal del trabajo. La patronal dice que paga lo justo según las leyes económicas, y por encima del mínimo legal, y los trabajadores dicen que no les pagan lo que les corresponde. No se ponen de acuerdo y los trabajadores se van a la huelga.
El efecto inmediato de la huelga es hacer la oferta de trabajo externamente cero al nivel del salario corriente. A ese salario nadie trabaja como mandato del sindicato. Ahora cada lado tiene que hacer un cálculo para ver si le conviene mantener la huelga, y por cuánto tiempo.
a) Los trabajadores tienen que medir lo siguiente:
. Su capacidad de sostenerse (al menos a nivel de sobrevivencia) sin percibir ingresos. Sus ahorros son prácticamente nulos aunque pueden apelar al subsidio lateral de otros sindicatos (a menos que sea una huelga general).
. La capacidad de la empresa de sustituir trabajo por capital de manera que los trabajadores sean innecesarios, si no totalmente en una buena proporción.
. La posibilidad de que la empresa introduzca a la fuerza o mediante recursos menos represivos trabajadores cuya desutilidad ante el trabajo sea menor que la de los sindicalizados de tal forma que aceptan trabajar al salario que los sindicalistas rechazan (en México los llaman esquiroles).
. Estos perjuicios potenciales deben ser comparados con el beneficio adicional de obtener de la patronal un mejor salario en lo sucesivo.
b) Por su parte, la empresa tiene que medir:
. El ingreso perdido resultado de detener la producción por la huelga de trabajadores.
. La disminución en el ingreso resultado de un eventual aumento de salario.
. La variación en el costo resultado de sustituir trabajo por capital.
. El costo (incluido el costo policial y político) de imponer esquiroles.
. El ingreso perdido resultado de detener la producción por la huelga de trabajadores.
. La disminución en el ingreso resultado de un eventual aumento de salario.
. La variación en el costo resultado de sustituir trabajo por capital.
. El costo (incluido el costo policial y político) de imponer esquiroles.
4. Trabajo vs. Capital
Toda empresa utiliza una determinada cantidad de capital combinada con otra de trabajo, con un cierto número de trabajadores, digamos. El principio de optimalidad es que, para producir una cierta cantidad de producto, debemos utilizar la menor cantidad de insumos. A la vez, la combinación de insumos utilizadas debe ser tal que la variación de costo al modificar cualquier de ellos sea igual. Es decir, cuando llegamos a la combinación de trabajo y capital en que quitar una unidad de trabajo implica el mismo costo que quitar una unidad de capital, ésa es la combinación de equilibrio. De otra manera nos moveríamos a utilizar más capital (reduciendo el trabajo), o al revés.
Hay países (como la República Dominicana) en que la dotación de trabajo (la población trabajadora) es muy grande respecto a la cantidad de capital. Consecuentemente, la producción se deberá hacer con mayor cantidad de trabajo. En otros países (EUA) sucede exactamente lo contrario. Sin embargo, la sustitución de capital por trabajo no es perfecta. Hay procesos que todavía no pueden ser realizados por máquinas, por lo que tienen que ser hechos obligadamente a mano. Lo que hacen los países desarrollados es que llevan esas fases de producción a otros países o, mejor, definitivamente instalan sus industrias en países de salario más bajo y productividad equivalente (como China).
Capital y trabajo no son entidades de la misma naturaleza. Por decir lo menos, el capital no se enferma (aunque se descompone y queda obsolescente) ni aspira a mejores condiciones de vida. El capital no tiene moral ni dignidad. El trabajo, en cambio, siempre aspira a un mejor nivel de vida. Opina, se organiza y es capaz de enfrentar a los propietarios del capital. Hay otra diferencia fundamental: el trabajo se utiliza día a día en su estado actual. Integramente. Es un servicio. El capital, en cambio, se utiliza en su totalidad operativamente pero sólo su desgaste entra en el costo. De manera que cuando el capitalista calcula su rentabilidad no puede pensar únicamente en el costo del capital, sino en el costo potencial de que quede obsolescente o de que quede cesante por falta de demanda del producto. Cuando el capitalista compara el salario con el costo del capital para determinar la conveniencia de sustituir uno por otro, no puede perder de vista este costo adicional: la necesidad de financiamiento de la totalidad del capital y el costo potencial por obsolescencia o por cesantía.
Toda empresa utiliza una determinada cantidad de capital combinada con otra de trabajo, con un cierto número de trabajadores, digamos. El principio de optimalidad es que, para producir una cierta cantidad de producto, debemos utilizar la menor cantidad de insumos. A la vez, la combinación de insumos utilizadas debe ser tal que la variación de costo al modificar cualquier de ellos sea igual. Es decir, cuando llegamos a la combinación de trabajo y capital en que quitar una unidad de trabajo implica el mismo costo que quitar una unidad de capital, ésa es la combinación de equilibrio. De otra manera nos moveríamos a utilizar más capital (reduciendo el trabajo), o al revés.
Hay países (como la República Dominicana) en que la dotación de trabajo (la población trabajadora) es muy grande respecto a la cantidad de capital. Consecuentemente, la producción se deberá hacer con mayor cantidad de trabajo. En otros países (EUA) sucede exactamente lo contrario. Sin embargo, la sustitución de capital por trabajo no es perfecta. Hay procesos que todavía no pueden ser realizados por máquinas, por lo que tienen que ser hechos obligadamente a mano. Lo que hacen los países desarrollados es que llevan esas fases de producción a otros países o, mejor, definitivamente instalan sus industrias en países de salario más bajo y productividad equivalente (como China).
Capital y trabajo no son entidades de la misma naturaleza. Por decir lo menos, el capital no se enferma (aunque se descompone y queda obsolescente) ni aspira a mejores condiciones de vida. El capital no tiene moral ni dignidad. El trabajo, en cambio, siempre aspira a un mejor nivel de vida. Opina, se organiza y es capaz de enfrentar a los propietarios del capital. Hay otra diferencia fundamental: el trabajo se utiliza día a día en su estado actual. Integramente. Es un servicio. El capital, en cambio, se utiliza en su totalidad operativamente pero sólo su desgaste entra en el costo. De manera que cuando el capitalista calcula su rentabilidad no puede pensar únicamente en el costo del capital, sino en el costo potencial de que quede obsolescente o de que quede cesante por falta de demanda del producto. Cuando el capitalista compara el salario con el costo del capital para determinar la conveniencia de sustituir uno por otro, no puede perder de vista este costo adicional: la necesidad de financiamiento de la totalidad del capital y el costo potencial por obsolescencia o por cesantía.
4. Salario directo e indirecto.
La cantidad de dinero que el patrón le paga al trabajador es lo que llamamos salario nominal. La capacidad de compra de esa cantidad de dinero es lo que llamamos salario real. Por supuesto, lo que determina el nivel de vida del trabajador es el salario real.
El trabajador recibe del patrón una cierta cantidad de dinero como salario. Existen los que se llaman beneficios colaterales o adicionales o marginales (fringe benefits) que deben sumarse al salario base puesto que forman parte del salario directo total. Son: el bono de vacaciones, el bono de fin de año, y cualquiera otro beneficio en dinero o en especie que el patrón pague al trabajador a lo largo del ejercicio económico. Aquí esta precisión no aporta ni modifica el análisis por lo que será preferible dejarla fuera. Consecuentemente, cuando decimos salario nos referimos al salario directo total, independientemente que se pague en dinero o en especie, mensualmente o a fin del año, o el concepto por el que se pague.
¿Es el salario el coste total del trabajo? Pues resulta que no. El salario directo es el coste del trabajo para su empresario, pero no para la sociedad. El empresario le paga al trabajador el trabajo realizado, y con su salario el trabajador se encarga de su propia reproducción. Pero el trabajador no se desintegra cuando abandona la fábrica sino que sale al espacio común, al espacio público. En este espacio, por naturaleza, utiliza toda la infraestructura económica existente: aceras, calles, avenidas. Puentes, parques. Transporte público, comedores gubernamentales. Utiliza los servicios sociales: escuelas, hospitales, el sistema de seguridad de salud y social. ¿Paga por esto? No, o lo hace en una fracción ínfima. Si no lo hace, ¿quién lo hace? En economía no existe la gratuidad, de manera que lo que consume uno y no lo paga, la paga otro que no lo consume. Esta parte del costo del trabajo se socializa, es decir, se paga mediante el sistema de impuestos del país. En otras palabras, lo pagan los contribuyentes.
Será conveniente recoger esta contabilidad en una expresión compacta. Decimos que:
Ctt = wd + Cwi
Donde: Ctt: costo total del trabajo, wd: costo directo del trabajo, es decir, el salario, y Cti: costo indirecto. El trabajador no paga Cwi, o lo hace en una fracción insignificante. Lo paga el resto de la sociedad mediante los impuestos que aporta.
La cantidad de dinero que el patrón le paga al trabajador es lo que llamamos salario nominal. La capacidad de compra de esa cantidad de dinero es lo que llamamos salario real. Por supuesto, lo que determina el nivel de vida del trabajador es el salario real.
El trabajador recibe del patrón una cierta cantidad de dinero como salario. Existen los que se llaman beneficios colaterales o adicionales o marginales (fringe benefits) que deben sumarse al salario base puesto que forman parte del salario directo total. Son: el bono de vacaciones, el bono de fin de año, y cualquiera otro beneficio en dinero o en especie que el patrón pague al trabajador a lo largo del ejercicio económico. Aquí esta precisión no aporta ni modifica el análisis por lo que será preferible dejarla fuera. Consecuentemente, cuando decimos salario nos referimos al salario directo total, independientemente que se pague en dinero o en especie, mensualmente o a fin del año, o el concepto por el que se pague.
¿Es el salario el coste total del trabajo? Pues resulta que no. El salario directo es el coste del trabajo para su empresario, pero no para la sociedad. El empresario le paga al trabajador el trabajo realizado, y con su salario el trabajador se encarga de su propia reproducción. Pero el trabajador no se desintegra cuando abandona la fábrica sino que sale al espacio común, al espacio público. En este espacio, por naturaleza, utiliza toda la infraestructura económica existente: aceras, calles, avenidas. Puentes, parques. Transporte público, comedores gubernamentales. Utiliza los servicios sociales: escuelas, hospitales, el sistema de seguridad de salud y social. ¿Paga por esto? No, o lo hace en una fracción ínfima. Si no lo hace, ¿quién lo hace? En economía no existe la gratuidad, de manera que lo que consume uno y no lo paga, la paga otro que no lo consume. Esta parte del costo del trabajo se socializa, es decir, se paga mediante el sistema de impuestos del país. En otras palabras, lo pagan los contribuyentes.
Será conveniente recoger esta contabilidad en una expresión compacta. Decimos que:
Ctt = wd + Cwi
Donde: Ctt: costo total del trabajo, wd: costo directo del trabajo, es decir, el salario, y Cti: costo indirecto. El trabajador no paga Cwi, o lo hace en una fracción insignificante. Lo paga el resto de la sociedad mediante los impuestos que aporta.
5. Contribuyentes netos y subsidiados netos.
Para financiar su gasto el gobierno necesita los impuestos. Podría pensarse que puede financiarse con préstamos, por ejemplo, pero esto es un ejercicio temporal, gerencia financiera. El gasto público está acotado estructuralmente por los ingresos tributarios. Prueba de ello es cuando la generación de intereses por la deuda pública absorbe una proporción insostenible de los ingresos fiscales. Entonces la política de endeudamiento tiene que parar. Por otro lado, el gobierno no tiene –o tiene muy poco- ingresos por valor agregado, es decir, como empresario (de hecho ya no hay empresas públicas). Más bien a la inversa, en el pasado las empresas públicas tenían que ser subsidiadas con recursos impositivos. El sueño de intervencionistas, estatistas y socialistas de que el Estado se convirtiera en un enorme y próspero empresario, y que sus ganancias gigantes pudiesen distribuirse en favor de la sociedad nunca se hizo realidad. El Estado es el peor empresario de todos.
Por su lado, los gastos habitualmente se dividen en gasto corriente: el que paga los sueldos y salarios de los empleados públicos (incluyendo pensiones), y gasto de capital: el que financia la infraestructura económica. Pero aquí haremos una división distinta. No nos interesa la actividad ni el momento que gravan los impuestos: si son directos o indirectos, al ingreso, a la transferencia de propiedad, impuestos directos al consumo, tasas, etc. (Una dicusión así sería algo como alegar qué resulta más doloroso, pagar del bolsillo izquierdo o pagar del derecho). Y el gasto lo dividiremos entre el que reciben los contribuyentes netos y el que reciben los subsidiados netos.
Al final de cuentas todo impuesto recae sobre un contribuyente final que no lo puede transferir a nadie más. No importa cuán larga sea la cadena de transmisión ni si lo puede transferir totalmente o sólo en parte. Al final, alguien específico, particular, paga cada impuesto y nadie más. (Es en este sentido que los contadores dicen que todos los impuestos son directos) Pero igual, hay contribuciones de los contribuyentes netos y contribuciones de los subsidiados netos.
La idea de fondo es bastante simple: todos utilizamos de alguna manera la infraestructura económica, los servicios sociales públicos, etc. Es decir, recibimos un pago del gobierno, aunque no en la misma medida. De igual forma, todos pagamos impuestos (por lo menos al consumo), igualmente, no en la misma medida. Si los ingresos cuadran con los gastos, como tiene que ser, y hay quienes pagan más que lo que reciben, es porque hay otro grupo equivalente en valor que paga menos de lo que recibe. Esto es lo que se conoce como una identidad contable, aquí no hay teoría de ningún tipo. Puesto en símbolos:
Tc + Ts = Sc + Ss
Los impuestos aportados por los contribuyentes netos, Tc, más los impuestos aportados por los subsidiados netos, Ts, son iguales a los pagos recibidos por los contribuyentes netos, Sc, más los pagos recibidos por los subsidiados netos.
Un reacomodo simple hará la idea todavía más clara:
Tc – Sc = Ss - Ts
Lo que pagan en exceso los contribuyentes netos (por esto son contribuyentes y netos) es exactamente igual a lo que reciben en exceso los subsidiados netos. Una forma de plantear que en economía no hay gratuidad: lo que consume alguien y no lo paga, lo paga alguien que no lo consume.
Si añadimos ricos a la población, el exceso de los contribuidores netos aumentará y será posible realizar una mayor subsidio a los subsidiados netos, o aumentar su número. A la inversa, si añadimos pobres a la población, el mismo volumen de excedente de los contribuyentes netos debería ser distribuido entre la mayor cantidad de pobres. Insistimos: en esto no hay absolutamente ninguna valoración teórica, es simple contabilidad.
Para financiar su gasto el gobierno necesita los impuestos. Podría pensarse que puede financiarse con préstamos, por ejemplo, pero esto es un ejercicio temporal, gerencia financiera. El gasto público está acotado estructuralmente por los ingresos tributarios. Prueba de ello es cuando la generación de intereses por la deuda pública absorbe una proporción insostenible de los ingresos fiscales. Entonces la política de endeudamiento tiene que parar. Por otro lado, el gobierno no tiene –o tiene muy poco- ingresos por valor agregado, es decir, como empresario (de hecho ya no hay empresas públicas). Más bien a la inversa, en el pasado las empresas públicas tenían que ser subsidiadas con recursos impositivos. El sueño de intervencionistas, estatistas y socialistas de que el Estado se convirtiera en un enorme y próspero empresario, y que sus ganancias gigantes pudiesen distribuirse en favor de la sociedad nunca se hizo realidad. El Estado es el peor empresario de todos.
Por su lado, los gastos habitualmente se dividen en gasto corriente: el que paga los sueldos y salarios de los empleados públicos (incluyendo pensiones), y gasto de capital: el que financia la infraestructura económica. Pero aquí haremos una división distinta. No nos interesa la actividad ni el momento que gravan los impuestos: si son directos o indirectos, al ingreso, a la transferencia de propiedad, impuestos directos al consumo, tasas, etc. (Una dicusión así sería algo como alegar qué resulta más doloroso, pagar del bolsillo izquierdo o pagar del derecho). Y el gasto lo dividiremos entre el que reciben los contribuyentes netos y el que reciben los subsidiados netos.
Al final de cuentas todo impuesto recae sobre un contribuyente final que no lo puede transferir a nadie más. No importa cuán larga sea la cadena de transmisión ni si lo puede transferir totalmente o sólo en parte. Al final, alguien específico, particular, paga cada impuesto y nadie más. (Es en este sentido que los contadores dicen que todos los impuestos son directos) Pero igual, hay contribuciones de los contribuyentes netos y contribuciones de los subsidiados netos.
La idea de fondo es bastante simple: todos utilizamos de alguna manera la infraestructura económica, los servicios sociales públicos, etc. Es decir, recibimos un pago del gobierno, aunque no en la misma medida. De igual forma, todos pagamos impuestos (por lo menos al consumo), igualmente, no en la misma medida. Si los ingresos cuadran con los gastos, como tiene que ser, y hay quienes pagan más que lo que reciben, es porque hay otro grupo equivalente en valor que paga menos de lo que recibe. Esto es lo que se conoce como una identidad contable, aquí no hay teoría de ningún tipo. Puesto en símbolos:
Tc + Ts = Sc + Ss
Los impuestos aportados por los contribuyentes netos, Tc, más los impuestos aportados por los subsidiados netos, Ts, son iguales a los pagos recibidos por los contribuyentes netos, Sc, más los pagos recibidos por los subsidiados netos.
Un reacomodo simple hará la idea todavía más clara:
Tc – Sc = Ss - Ts
Lo que pagan en exceso los contribuyentes netos (por esto son contribuyentes y netos) es exactamente igual a lo que reciben en exceso los subsidiados netos. Una forma de plantear que en economía no hay gratuidad: lo que consume alguien y no lo paga, lo paga alguien que no lo consume.
Si añadimos ricos a la población, el exceso de los contribuidores netos aumentará y será posible realizar una mayor subsidio a los subsidiados netos, o aumentar su número. A la inversa, si añadimos pobres a la población, el mismo volumen de excedente de los contribuyentes netos debería ser distribuido entre la mayor cantidad de pobres. Insistimos: en esto no hay absolutamente ninguna valoración teórica, es simple contabilidad.
6. Costo salarial, costo potencial e indigencia.
Todo empresario sabe que el costo total del trabajo no es el salario directo. De hecho, mensualmente debe realizar la provisión para pagar los beneficios marginales a finales de período. Todavía esto no agota los costos futuros probables del trabajo si, por ejemplo, aumenta la contribución empresarial a la seguridad social por trabajador empleado. Atrás lo decimos: el trabajador es el único insumo con expectativas de nivel de vida, con recursos de mejoramiento y derecho reconocido. Aún así, nada de esto le garantiza un nivel de vida satisfactorio.
Comparemos el nivel de vida de un obrero de un país subdesarrollado con el de un país desarrollado. Distinguimos: el salario directo, que hemos analizado antes, y el costo indirecto del trabajo. ¿Cómo se financia este costo indirecto? El medio en que se desenvuelve el trabajador es diferente entre países. La infraestructura económica, las instituciones, el derecho, la seguridad, todas entidades de la mayor importancia pero que no se llevan a estadísticas. El salario directo como el indirecto son obviamente mayores en el desarrollo que en el desarrollo. Pero sobre todo, porque que el nivel de subsidio para cubrir el costo indirecto es aquí mucho menor, como la calidad del Estado.
A la distancia del subsidio para pagar el costo indirecto del trabajo entre el mundo desarrollado y el subdesarrollado lo llamareemos nivel de carencia. Y a la diferencia en la calidad de los Estados nivel de indigencia. Simbólicamente:
wds + wi s + Cs + Is = wd
Esto es decir, para igualar el nivel de salario en el desarrollo, al salario en el subdesarrollo hay que añadirle (con signo invertido) el nivel correspondiente de carencia, C, y el de indigencia, I. La carencia a veces se mide (en los índices de desarrollo, por ejemplo) pero la indigencia nunca.
De esta expresión es fácil colegir que el nivel de vida que real y efectivamente obtiene el trabajador lo hace por vía del salario total y el subsidio que recibe. El resto que lo equipara con un trabajador del mundo desarrollado es costo no realizado que, por ello, se constituye en carencia y en indigencia. Digamos, por último, que la comparación no necesita ser con un país extranjero, puede hacerse respecto de la trayectoria histórica. Y en ello encontraremos la razón por la que las carencias y la indigencia de hoy son mayores que nunca antes en la historia.
Todo empresario sabe que el costo total del trabajo no es el salario directo. De hecho, mensualmente debe realizar la provisión para pagar los beneficios marginales a finales de período. Todavía esto no agota los costos futuros probables del trabajo si, por ejemplo, aumenta la contribución empresarial a la seguridad social por trabajador empleado. Atrás lo decimos: el trabajador es el único insumo con expectativas de nivel de vida, con recursos de mejoramiento y derecho reconocido. Aún así, nada de esto le garantiza un nivel de vida satisfactorio.
Comparemos el nivel de vida de un obrero de un país subdesarrollado con el de un país desarrollado. Distinguimos: el salario directo, que hemos analizado antes, y el costo indirecto del trabajo. ¿Cómo se financia este costo indirecto? El medio en que se desenvuelve el trabajador es diferente entre países. La infraestructura económica, las instituciones, el derecho, la seguridad, todas entidades de la mayor importancia pero que no se llevan a estadísticas. El salario directo como el indirecto son obviamente mayores en el desarrollo que en el desarrollo. Pero sobre todo, porque que el nivel de subsidio para cubrir el costo indirecto es aquí mucho menor, como la calidad del Estado.
A la distancia del subsidio para pagar el costo indirecto del trabajo entre el mundo desarrollado y el subdesarrollado lo llamareemos nivel de carencia. Y a la diferencia en la calidad de los Estados nivel de indigencia. Simbólicamente:
wds + wi s + Cs + Is = wd
Esto es decir, para igualar el nivel de salario en el desarrollo, al salario en el subdesarrollo hay que añadirle (con signo invertido) el nivel correspondiente de carencia, C, y el de indigencia, I. La carencia a veces se mide (en los índices de desarrollo, por ejemplo) pero la indigencia nunca.
De esta expresión es fácil colegir que el nivel de vida que real y efectivamente obtiene el trabajador lo hace por vía del salario total y el subsidio que recibe. El resto que lo equipara con un trabajador del mundo desarrollado es costo no realizado que, por ello, se constituye en carencia y en indigencia. Digamos, por último, que la comparación no necesita ser con un país extranjero, puede hacerse respecto de la trayectoria histórica. Y en ello encontraremos la razón por la que las carencias y la indigencia de hoy son mayores que nunca antes en la historia.
7. Movilidad laboral.
Falta una última pieza en nuestro mecanismo. Antes explicamos que el sistema de mercado tiende a la subocupación, a reposar en un equilibrio con un cierto nivel de desempleo. Esta tendencia puede agudizarse hasta convertirse en una situación de desempleo en masa. Los salarios, consecuentemente tienden a la baja hasta la frontera del mínimo de subsistencia. (La tendencia puede hacerlos bajar incluso más allá) Interviene el Estado fijando un mínimo legal para reducir, por otro lado, los subsidios a la clase trabajadora y el costo por indigencia.
El mínimo legal pudiera inducir una sustitución de capital por trabaja si es que el nivel de producción y la rentabilidad empresarial han de mantenerse. En todo caso, ¿qué hace el desempleado? Porque no perece. Necesariamente disminuye su nivel de vida hasta el límite de sobrevivencia o recibe subsidios laterales de otros agentes privados. Estos subsidios pueden ser lícitos, como cuando un hermano ayuda a otro, desempleado. O ilícitos, como cuando un trabajador desempleado le roba a otro, empleado o no. Si en la economía no existe gratuidad, como no existe, objetivamente de algún lado saca el desempleado sus medios de vida.
Pero, ¿no existe la posibilidad de ascenso social, de que el trabajador escale en la pirámide económica hacia ocupaciones de mayor retribución? Por supuesto que existe, pero no se alimenta de buenas intenciones sino de condiciones de productividad. El salario está indisolublemente ligado a la productividad del trabajador (de hecho, teóricamente se equiparan), de forma quje mayor salario implica necesariamente mayor productividad. ¿Cómo obtiene el trabajador mayor productividad? Sólo existen dos mecanismos: mediante la formación técnica y profesional, mediante la inversión en capital humano, como se denomina. Y mediante su asociación con un capital de mayor calidad. Esto último no depende del trabajador sino del empresario además de que, en general, capital de mayor calidad requiere empleados de mucho mayor formación.
Entonces las posibilidades de los trabajadores en la base de la pirámide social son escasas… a menos que incursione en actividades ilícitas, de mayor renumeración justamente por el desprestigio que implican y el riesgo de castigo siempre presente. Nueva cuenta el trabajador compara el salario con la desutilidad del trabajo, pero esta vez compara el ingreso probable con la probabilidad de castigo. Si esta es reducida debido a la falta de instituciones, tendrá un incentivo importante para trasladarse hacia actividades informales, grises o abiertamente ilegales. Deja atrás, por supuesto, el hueco de los trabajos de menor remuneración asociados a un capital humano nulo, es decir, al trabajo sin calificación.
8. La dinámica de la ocupación.
Ahora veamos como funciona este modelo en el tiempo. Empecemos a mediados de la década de los ochenta, cuando el precio del azúcar se desploma en el mercado internacional. La economía del país depende críticamente de los ingresos por exportación de azúcar.
Empieza la migración en masa hacia los centros urbanos, principalmente la Ciudad de Santo Domingo y Santiago. Se abandona el campo y la economía empieza a hacerse informal.
El gobierno no tiene capacidad para emplear a toda la fuerza laboral, menos en ocupaciones productivas. El sector privado es todavía muy pequeño.
Empieza el proceso de disolución social impulsado desde los siguientes nodos: a) La ineptitud de los gobiernos, a la que se añade la corrupción rampante de la mano de su ayuda de cámara, la impunidad. No hay capacidad, como no hay programas. Dibujar un país de ensueño en las cifras oficiales parece suficiente.
Tampoco hay ideologías. De lo que se trata es de llegar al gobierno para hacer negocios. Y la oposición de turno critica con el solo propósito de llegar ella a ser gobierno, el consabido “quítate tú para ponerme yo”. Con el tiempo, la política se pervierte y lleva el sistema de partidos a la pérdida de legimidad.
La corrupción arriba debe ser tolerante con las actividades ilícitas abajo. Disminuye dramáticamente el riesgo de castigo por actividades ilícitas. Muchos ven aquí la única posibilidad de salir de la pobreza.
Adicionalmente, las actividades ilícitas son fuente de numerosos negocios y subsidios laterales. Muchos dominicanos emigran al exterior y los relacionados que quedan en el país reciben las remesas que aquellos envían. Consecuentemente se transforma la cultura de trabajo. Todavía los niveles de subsidio social y de indigencia son pequeños.
A la vuelta del siglo la tendencia se acentúa. De hecho, desde mediados de la década de los noventa. En el país se hacen grandes negocios desde el Estado. Surge una nueva clase alta formada en torno a la actividad política.
Se liberan los flujos de fondos internacionales, además de las remesas llegan grandes capitales de origen desconocido.
Empieza la migración en masa de haitianos hacia la República Dominicana. La razón es elemental: están dispuestos a trabajar or el mínimo de sobrevivencia, por debajo del mínimo legal y de la desuitlidad del trabajo de los dominicanos de menor remuneración. Estos se han desplazado hacia la economía informal o la gris.
Al principio, el nivel de subsidio que reciben los haitianos ilegales y la indigencia que representan son reducidos por una cuestión de cantidad. Sin embargo, en la medida en que sustituyen la mano de obra dominicana ambos crecen proporcionalmente, sobre todo el grado de indigencia. Como era de esperar, la mano de obra extranjera e ilegal empieza a exigir derechos y a ocupar los servicios sociales del Estado dominicano. El sistema empieza a hacer crisis, que es donde nos encontramos ahora.
El Estado dominicano se encuentra en una encrucijada, en una disyuntiva específicamente económica y, dentro de esta, específicamente financiera: no hay manera como las cuentas públicas no colapsen en el plazo breve.
No puede aumentar el nivel de deuda pública, no puede aumentar la presión fiscal en los segmentos sociales medios puesto que derrumbaría la utilidad aquí.
Y pretender cobrar impuestos arriba es ocioso puesto que por el grado de monopolio que tiene la economía dominicana serían trasladados a precios inmediatamente.
En síntesis, no puede aumentar las recaudaciones fiscales.
Sin embargo, por el lado del gasto tiene enormes presiones por cuanto los niveles de atención y subsidio social son cada vez más ocupados por los inmigrantes ilegales.
Claro está, como el subsidio es insuficiente, esta migración se constituye cada vez más en indigencia.
La indigencia, a la vez, da la vuelta y deteriora el ambiente económico general. Un círculo perverso del que no se puede salir puesto que ha sido políticamente capturado.
Ahora veamos como funciona este modelo en el tiempo. Empecemos a mediados de la década de los ochenta, cuando el precio del azúcar se desploma en el mercado internacional. La economía del país depende críticamente de los ingresos por exportación de azúcar.
Empieza la migración en masa hacia los centros urbanos, principalmente la Ciudad de Santo Domingo y Santiago. Se abandona el campo y la economía empieza a hacerse informal.
El gobierno no tiene capacidad para emplear a toda la fuerza laboral, menos en ocupaciones productivas. El sector privado es todavía muy pequeño.
Empieza el proceso de disolución social impulsado desde los siguientes nodos: a) La ineptitud de los gobiernos, a la que se añade la corrupción rampante de la mano de su ayuda de cámara, la impunidad. No hay capacidad, como no hay programas. Dibujar un país de ensueño en las cifras oficiales parece suficiente.
Tampoco hay ideologías. De lo que se trata es de llegar al gobierno para hacer negocios. Y la oposición de turno critica con el solo propósito de llegar ella a ser gobierno, el consabido “quítate tú para ponerme yo”. Con el tiempo, la política se pervierte y lleva el sistema de partidos a la pérdida de legimidad.
La corrupción arriba debe ser tolerante con las actividades ilícitas abajo. Disminuye dramáticamente el riesgo de castigo por actividades ilícitas. Muchos ven aquí la única posibilidad de salir de la pobreza.
Adicionalmente, las actividades ilícitas son fuente de numerosos negocios y subsidios laterales. Muchos dominicanos emigran al exterior y los relacionados que quedan en el país reciben las remesas que aquellos envían. Consecuentemente se transforma la cultura de trabajo. Todavía los niveles de subsidio social y de indigencia son pequeños.
A la vuelta del siglo la tendencia se acentúa. De hecho, desde mediados de la década de los noventa. En el país se hacen grandes negocios desde el Estado. Surge una nueva clase alta formada en torno a la actividad política.
Se liberan los flujos de fondos internacionales, además de las remesas llegan grandes capitales de origen desconocido.
Empieza la migración en masa de haitianos hacia la República Dominicana. La razón es elemental: están dispuestos a trabajar or el mínimo de sobrevivencia, por debajo del mínimo legal y de la desuitlidad del trabajo de los dominicanos de menor remuneración. Estos se han desplazado hacia la economía informal o la gris.
Al principio, el nivel de subsidio que reciben los haitianos ilegales y la indigencia que representan son reducidos por una cuestión de cantidad. Sin embargo, en la medida en que sustituyen la mano de obra dominicana ambos crecen proporcionalmente, sobre todo el grado de indigencia. Como era de esperar, la mano de obra extranjera e ilegal empieza a exigir derechos y a ocupar los servicios sociales del Estado dominicano. El sistema empieza a hacer crisis, que es donde nos encontramos ahora.
El Estado dominicano se encuentra en una encrucijada, en una disyuntiva específicamente económica y, dentro de esta, específicamente financiera: no hay manera como las cuentas públicas no colapsen en el plazo breve.
No puede aumentar el nivel de deuda pública, no puede aumentar la presión fiscal en los segmentos sociales medios puesto que derrumbaría la utilidad aquí.
Y pretender cobrar impuestos arriba es ocioso puesto que por el grado de monopolio que tiene la economía dominicana serían trasladados a precios inmediatamente.
En síntesis, no puede aumentar las recaudaciones fiscales.
Sin embargo, por el lado del gasto tiene enormes presiones por cuanto los niveles de atención y subsidio social son cada vez más ocupados por los inmigrantes ilegales.
Claro está, como el subsidio es insuficiente, esta migración se constituye cada vez más en indigencia.
La indigencia, a la vez, da la vuelta y deteriora el ambiente económico general. Un círculo perverso del que no se puede salir puesto que ha sido políticamente capturado.
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