La noche culminante de nuestra independencia. Fuente: Memorias de Quisqueya. Archivo General de la Nación. Edición enero-abril 2017
La noche culminante de nuestra independencia . Interesantísimo relato de aquella noche.
Algo antes de las once de la noche del 27 de febrero, se congregó en la Puerta de la Misericordia, detrás del matadero, un primer contingente de personas, que no debía pasar de un par de cientos. Ya la posición estaba garantizada por la complicidad de soldados apostados en las cercanías, pues temprano en la noche Joaquín Puello había tomado previsiones para neutralizar un posible ataque reactivo de antiguos esclavos desde Pajarito.
Orientados desde su escondite por Sánchez, los dirigentes operativos también habían obtenido el compromiso de oficiales en varios puntos claves de la ciudad, como el puerto y la Puerta del Conde.
En esos instantes se produjo el célebre disparo de Mella, quien se encontraba al frente de los manifestantes. Se han dado dos explicaciones del incidente: la primera, que obedeció al propósito de evitar una desbandada, ante las vacilaciones de una parte de los presentes; la otra, que se trató de algo accidental, en medio del fragor.
Al margen de las intenciones de Mella, algunos de los congregados se habían retirado a sus hogares, temerosos de una embestida gubernamental.
Pero la determinación de los dirigentes impidió la generalización del temor y al poco rato casi todos retornaron.
La jefatura haitiana instalada en La Fuerza, encabezada por Desgrotte, se puso en estado de alerta, pero no dispuso ningún movimiento ofensivo. El gobernador esperaba el estallido unos días después y había convocado al Batallón Africano a desbaratar cualquier movimiento adverso, pero se vio desbordado por los acontecimientos.
Esa noche, al captar que se habían adelantado los planes de los conspiradores, no hizo intento de contrarrestarlos, sino que se contentó con ordenar a uno de sus ayudantes, el coronel Deo Hérard, hijo del presidente y con fama de valiente, que averiguara lo que sucedía.
La jefatura de La Fuerza (Fortaleza Ozama) se limitó a efectuar un disparo de cañón que profundizó el temor momentáneo entre los congregados en la Puerta de la Misericordia.
Todavía en ese momento no todo estaba asegurado, pues muchos detalles habían quedado en suspenso en la coordinación con los comprometidos en Sabana Grande, Los Llanos y Monte Plata. De todas maneras, Pedro Díaz logró hacer llegar instrucciones a figuras prominentes de esas localidades, como Juan Hernández, Julián Marcano y Matías Moreno.
José Joaquín Puello tomó la iniciativa de despachar gente hacia el otro lado del río. Se encontró ahí al hatero Manuel Santana, de Hato Mayor, quien convino en marchar deprisa en dirección a El Seibo.
Las opiniones de estos últimos, desde la noche anterior, en Los Llanos se había proclamado por primera vez la existencia de la República Dominicana.
Los movilizados se desplazaron hasta la Puerta del Conde poco antes de medianoche. No hubo dificultades porque el puesto de 25 hombres estaba comandado por el teniente Martín Girón, incorporado al movimiento. Fue ahí cuando se enunció con formalidad la resolución de ruptura con Haití.
No obstante el papel dirigente de los duartistas, bastó la participación de conservadores para que la convocatoria se hiciera del dominio de todos.
Las opiniones de estos últimos, alimentadas por la reciente llegada del cónsul de Francia, confirieron un sentido de seguridad por la expectativa de apoyo de la potencia.
Décadas después, Juan Alejandro Acosta, uno de los adalides de la jornada, confesó al historiador Narciso Alberti: «Todos fuimos a la Puerta del Conde contando con los franceses».
Al mismo tiempo, otra tradición atendible refiere que, en las primeras horas, cuando se respondía al quién vive, se respondía «Viva Juan Pablo Duarte».
Al otro lado de la ciudad, en las cercanías del Ozama, otro contingente tomó las disposiciones para neutralizar cualquier resistencia desde La Fuerza y garantizar las comunicaciones con la ribera izquierda. Una vez llegados Sánchez y otros, como Bobadilla, se hizo proclama formal del nacimiento de la República Dominicana.
Sánchez se hizo presente pasada la medianoche a causa de que un grupo de haitianos tenían una tertulia al lado de donde se ocultaba, en la es- quina de las actuales calles Hostos y Arzobispo Nouel. De inmediato tomó el mando, como estaba previsto.
Bobadilla y Jimenes se ausentaron con la finalidad de buscar refuerzos y neutralizar a los libertos, sobre todo los originarios de África.
Mientras Bobadilla se dirigió a Monte Grande, Jimenes atravesó el río Haina en dirección a San Cristóbal.
Eran las dos zonas donde se localizaban las mayores concentraciones de antiguos esclavos o descendientes que podían mostrar recelos ante el nuevo orden. Por todas partes se pusieron en juego los compromisos obtenidos por Puello y Jimenes entre oficiales y soldados.
Lo que indican las fuentes es que, recuperada la confianza, el ambiente se asemejaba a una fiesta.
Hacia las 4 de la madrugada del día 28, Sánchez lanzó una arenga que fue calificada por Galván como un discurso lleno de elocuencia.
Madiou ofrece la discutible información de que, en ausencia de una bandera dominicana, se colocó la haitiana en la Puerta del Conde, y que un coronel enviado por Desgrotte decidió no atacar pensando que el movimiento no iba dirigido con- tra Haití.
Lo mismo habría hecho Juan Santillán, jefe del arsenal.
Se dio parte al corregidor de la ciudad, Domingo de la Rocha, quien convocó al Ayuntamiento, como representante del pueblo, para sancionar el cambio. Los afrancesados y prohaitianos nucleados en ese organismo no tu- vieron empacho en cambiar de chaqueta de forma apresurada.
Para las 10 de la mañana del 28 de febrero se habían presentado centenares de moradores de las secciones rurales próximas a la ciudad, con lo que los independentistas consolidaron el control sobre ella, y dejaron aislada “La Fuerza”.
Posiblemente la descripción más fresca de lo acontecido fue la elaborada por el cónsul Saint Denis para su gobierno. A saber:
CITA “El 27 en la noche fue el momento fijado para esta tentativa audaz. Las autoridades estaban alertas y la inquietud era generalizada. De todas maneras se esperaba que el orden no sería alterado. El vicario general y personas muy influyentes hicieron esfuerzos inútiles para convencer a estos jóvenes de que tuvieran propósitos más razonables”.
“Estos se mostraron inquebrantables y, como se había anunciado, la señal fue dada a las 11 de la noche por una descarga de mosquete disparada al aire. Media hora después la ciudadela respondió con dos cañonazos en señal de alarma. Se cargaron cinco piezas de artillería en dirección a las calles que llegan a la ciudadela”.
“Los insurgentes ya estaban en posesión de la puerta de la ciudad que da al campo y también de la que da al puerto, de las que se apoderaron sin disparar un tiro. Solo hubo una víctima a causa de una resistencia imprudente”.
“Las dos partes permanecieron en observación, y ninguna otra demostración hostil fue hecha antes de que amaneciera. Pero este silencio y esta calma no bastaron para tranquilizar a la población, presa de una viva ansiedad y de una inquietud mortal”.
“Desde el primer disparo una multitud de familias alarmadas vinieron a colocarse bajo la protección del pabellón francés [...]. En vano yo traté de tranquilizarlos, con mi ejemplo y mis palabras, frente al terror que inspira aquí la ferocidad bien conocida de los negros haitianos [...].
La guardia nacional de la ciudad pudo apoderarse del arsenal desde los primeros momentos, puesto que solo había ahí unos 60 soldados mal armados y poco disciplinados. Pero, teniendo como propósito evitar efusión de sangre, prefirió limitarse al primer éxito”. Cierra la CITA.
Manuel Dolores Galván, quien se encontraba inmerso en los acontecimientos, ofrece la perspectiva de que estos se sucedieron en forma improvisada, lo que puede aceptarse.
El trabucazo de Mella habría sido accidental, según él, pero obligó a los congregados a ocupar la Puerta del Conde, puesto que había alertado a la guarnición. Con todo, el despliegue de los conjurados por diversos puntos hizo innecesaria una lucha violenta.
José María Serra, también presente esa noche, brinda una descripción que subraya una catarsis festiva.
En toda la noche el gobierno no hizo otra cosa sino estarse a la expectativa, mientras que el pueblo se había aglomerado todo en derredor nuestro, como en el día, no de una gran revolución, sino de un gran festín nacional: así fue que al mezclarse la luz naciente de la aurora con la no menos espléndida de la luna, que en la noche nos había acompañado, el estampido del cañón, el toque alegre de la diana y la voz tumultuosa del himno patriótico que se elevaba melodioso como el de las diversas aves en el campo.
Cabe destacar la colaboración de numerosas mujeres a lo largo de esos días. Ello constituía una señal de la fortaleza del movimiento en la población citadina, habida cuenta de que entonces no se concebía la participación de la mujer en menesteres políticos.
Las hermanas de Duarte prepararon gran cantidad de municiones. Baltasara de los Reyes se distinguió como mujer de armas tomar. La esposa de Ravelo confeccionó la primera bandera, conforme a la versión transmitida por su hijo Temístocles.
Un mérito similar se le ha otorgado a Concepción Bona.
Ana Valverde acompañó a sus parientes todo el tiempo. María Trinidad Sánchez, tía de Sánchez, estuvo al tanto de todo lo que se movía.
Tal protagonismo inspiró la composición de la poetisa Josefa Perdomo titulada «27 de Febrero».
Mientras tanto, Antonio Duvergé llegaba desde Azua para informar de la oposición que presentaba el alcalde Buenaventura Báez.
Puello lo devolvió con instrucciones precisas.
Finalmente, un colectivo compuesto por Valentín Alcántara, Francisco Soñé y Antonio Duvergé venció la resistencia en la ciudad sureña.
De Monte Plata y lugares aledaños se recibió la adhesión de centenares de hombres comandados por Matías Moreno. En San Cristóbal y Baní, Esteban Roca y Juan Álvarez se movilizaron con presteza.
Se destinaron emisarios a lugares más lejanos, cuyas gestiones casi siempre resultaron exitosas, como la de Luis Álvarez, salido de Baní hacia San Juan de la Maguana.
La Junta recién constituida envió de inmediato a Pedro Ramón de Mena hacia las ciudades del Cibao y a Remigio del Castillo hacia El Seibo y demás localidades cercanas.
Este último tuvo el terreno allanado por los pronunciamientos en Los Llanos y El Seibo. Mena, en cambio, tuvo que sortear dificultades a medida que se presentaba en cada lugar, aunque en algunos de ellos ya se había adelantado el cambio.
En Santiago el gobernador, general Morisset, amenazó con un baño de sangre. Después de vacilaciones, el Ayuntamiento se pronunció por la Separación. Curiosamente, ese mismo día falleció el hombre fuerte de la segunda ciudad del país, Juan Núñez Blanco, lo que facilitó el curso de los eventos.
En Puerto Plata las cosas fueron más fáciles por la adhesión del comandante haitiano Vallon Simon, quien doblegó la oposición del general Cadet Antoine antes incluso de que se presentara Mena.
Al final de la madrugada del día 28 se conformó la Junta Central Gubernativa como órgano provisional. Se colocó en su presidencia a Sánchez, jefe del comité revolucionario de los «filorios», quien a las veinticuatro horas cedió el puesto a Bobadilla en ausencia de este.
Al experimentado letrado se le reconocía prestigio y capacidad. Aunque no estaba planteado un problema personal de mando, se puede inferir que en ese traspaso debió incidir una presión sutil de notables, quienes aducirían condiciones requeridas para la jefatura.
Para Galván, que todo el tiempo estuvo al lado de Sánchez, este pecó de ingenuo por estar embargado de júbilo.
En lo sucesivo, según se infiere de un dictado de recuerdos de un nieto de Bobadilla a Alcides García Luberes, Bobadilla se esmeró en ejercer prerrogativas al recriminar a su colega Caminero por no haberlo esperado para validar la capitulación de las autoridades caídas.
Se decidió que el centro gubernamental se compusiese por medio de cooptaciones consensuadas.
A veces se designaban miembros para sustituir a encargados de una comisión, como cuando Mella fue designado delegado en el Cibao. Casi todos los primeros integrantes fueron antiguos trinitarios o relacionados, pero desde un momento inicial, además de Bobadilla, la Junta acogió al conservador José María Caminero, originario de Cuba aunque con décadas de residencia en el país. En cada nueva reorganización se daba cabida a sujetos adicionales de esa tendencia, con lo que el organismo fue adoptando una orientación distinta a la inicial, aunque sin alterar de palabra la determinación de conformar un Estado soberano.
Los únicos representativos de la clase superior que quedaron excluidos, más bien por decisión propia, fueron algunos de los compromisarios del Plan Levasseur y otros afrancesados que entendieron que debía darse prioridad inmediata a la subordinación a Francia.
Varios de ellos, por lo demás, habían tenido compromisos hasta última hora con el Gobierno haitiano, como el senador Del Monte, cuya enemistad hacia Bobadilla era del dominio público.
Es difícil llegar a una relación detallada acerca de la evolución de los integrantes de la Junta Central Gubernativa. De todas maneras, una comparación de sus integrantes más reconocidos el 28 de febrero y dos días después autoriza la imagen de un desplazamiento del eje de gravitación del poder.
La primera Junta se asemejaba al comité revolucionario, estando presidida por Sánchez y con la presencia de Manuel Jimenes, Joaquín Puello, Wenceslao de la Concha y Mella, a quienes se agregaron los conservadores Bobadilla, Caminero y Remigio del Castillo.
La segunda junta, que operó de manera fundamentalmente estable en los tres meses siguientes, pasó a estar presidida por Bobadilla y de ella salió de inmediato Puello, a quien se especializó en la tarea militar. Mella dejó de pertenecer al organismo cuando se le despachó como delegado en el Cibao.
Ingresaron los conservadores Francisco Javier Abreu (signatario del Plan Levasseur, al igual que Del Castillo), y Carlos Moreno, además de sujetos con posiciones equidistantes como Félix Mercenario (quien, sin embargo, había tenido vínculos previos con los trinitarios), Castro y Castro y Silvano Pujol, secretario.
A mediados de mes se amplió el predominio conservador y moderado con la inclusión de José Ramón Delorve y Juan Tomás Medrano.
La participación liberal apenas se nutrió con Duarte, Manuel María Valverde y Mariano Echavarría, aunque, hasta donde es dado saber, este último no se alineó de manera ostensible junto al padre de la patria.
Desde la madrugada del 28 de febrero, estando la ciudad en manos de los insurgentes, Saint Denis recomendó que se emprendieran negociaciones con los funcionarios haitianos, con las miras puestas en la materialización del Plan Levasseur.
Pretendió situarse por encima de todos a nombre de un interés común, como medio para mover los hilos a su conveniencia, con lo que se erigía en el orientador del bando afrancesado en su conjunto. Él mismo aleccionó a los dignatarios en cuanto a la inutilidad de oponerse al nuevo orden de cosas.
Desgrotte, al frente de la administración y de la tropa tras el fallecimiento de Alí, accedió con prontitud y envió una comisión compuesta por Alcius Ponthieux y dos oficiales, quienes recibieron de Sánchez, el doctor Caminero y Puello las explicaciones acerca de la determinación de separarse de Haití.
Al retornar Ponthieux a La Fuerza, Saint Denis dio un paso adelante y aconsejó a Desgrotte que capitulara. El gobernador no tenía ninguna intención de combatir, consciente de su aislamiento y de la pequeñez de la tropa haitiana, no superior a 60 soldados. Pero, de cualquier manera, debió sentirse abrumado ante el «consejo amistoso» del representante de la potencia.
Poco después el canciller del consulado, M. Terny, remachó esos propósitos con su intermediación diplomática ante la versión falaz de la inminencia de un ataque demoledor de centenares de insurgentes.
Desgrotte no puso más objeciones. De igual manera, hacia las 10 de la mañana, solicitó el punto de vista del Ayuntamiento, cuerpo en disposición de «mediar», que a través del corregidor Rocha le expresó al gobernador la conveniencia de que se inclinara ante el hecho consumado.
Se nombraron comisarios de ambas partes para el entendimiento: Doucet, Ponthieux, Deo Hérard, Paul Jean-Jacques, Roy y Bernier; y Caminero, Manuel Aybar, Manuel Cabral, Francisco Javier Abreu, Ducaste y Pedro Mena.
Sobresale que la mayor parte de los negociadores dominicanos habían estado colaborando con el régimen haitiano hasta sus últimos días de existencia, por lo cual fueron considerados potables por sus contrapartes.
En el curso del día se llegó a un protocolo de entendimiento, para ser aplicado en la mañana del 29.
La parte dominicana se comprometía a respetar la integridad de los súbditos haitianos, mientras que los funcionarios depuestos convinieron en abandonar el país sin dilación, en un buque fletado con destino a Jacmel, aunque los que quisieran podrían permanecer hasta un mes en la ciudad.
Se estipuló que la caja del tesoro y los archivos pasarían de inmediato a la Junta Central Gubernativa y que se respetarían las propiedades de los nacionales haitianos sin excepción.
La Junta Central Gubernativa aprobó la capitulación con las firmas de Sánchez, Mella, Castro y Castro, Remigio del Castillo y Wenceslao de la Concha.
Esas negociaciones fueron facilitadas por el espíritu de concordia que animaba a los jefes de todas las orientaciones, quienes descartaron de manera enfática cualquier tipo de persecución a los residentes haitianos.
Además del respeto a sus personas y bienes, les ofrecieron la opción de cambiar de nacionalidad, con el requisito de jurar fidelidad a la nueva.
Pocos haitianos integrantes del aparato administrativo y comercial aceptaron esta posibilidad, pero no se desprendió un estado visible de animadversión. Por tal razón, otros haitianos que se habían insertado en la vida cotidiana del país no experimentaron dificultad alguna en recibir la nacionalidad.
En cuanto a los dominicanos de la guarnición de la ciudad, únicamente cuatro, cuyos nombres quedaron registrados en las crónicas, decidieron acompañar a las autoridades caídas y trasladarse al territorio occidental.
A las 9 de la mañana del 29 de febrero Puello hizo entrada en la ciudadela para tomar posesión de este emplazamiento simbólico de la autoridad. Los funcionarios haitianos se alojaron en la residencia de Desgrotte, con las garantías de lugar hasta que embarcaron.
Fuente: Memorias de Quisqueya. Archivo General de la Nación. Edición enero-abril 2017
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