La oxitoxina y la belleza. Por Osvaldo Montalvo.

La oxitoxina y la belleza. 

En una ocasión voy con un amigo ingeniero por la carretera del sur, rumbo a Palenque. En cuanto pasamos el cauce (porque no tiene agua) del río que cruza San Cristóbal le pongo el tema de la desertificación del país, de cómo la desforestación y la extracción de materiales ha acabado con los ríos. Entablamos una discusión. El (ingeniero al fin) me dice que el problema no ha sido la extracción de materiales sino la deforestación. Entiendo yo que ambas cosas. Pero me dice que la producción de agua no ha disminuido, que lo que pasa es que el agua fluye por cauces alternos debido a canales y represas. No lo puedo contradecir pues no tengo la evidencia pero no me hace sentido. Lo que he visto en mis viajes por el país son ríos críticamente disminuidos, famélicos y sin agua, y otros que simplemente han desaparecido. Apenas se ve una suerte de camino de tierra roja: por ahí pasaba el río... Pensar que el agua se va subterránea o que se desvía más arriba porque el hacendado Fulano la necesita para sus reses, pues, puede ser pero como que no hace sentido para un fenómeno tan general. La deforestación ha roto el ciclo de las lluvias, y la extracción de materiales la posibilidad de mantener el agua a nivel superficial. El agua que se infiltra difícilmente puede ser recapturada para uso humano. Los manantiales son naturales y no sé de ninguno hecho por el hombre. El cambio de clima en el país creo que ya no necesita mayor evidencia. Que no le hagamos caso es otra cosa. Aún así me faltaba algo por decirle. Me quedé con las ganas pues nunca di con qué era, hasta un reciente viaje al exterior.
Los dominicanos, que nos la damos de amantes fogosos, conocemos bien dos cosas: la fuerza que atrae al sexo, y la sensación luego del orgasmo. Ambas tienen su química cerebral. No es mi intención entrar en tecnicismos, sobre todo porque no es necesario. Luego del orgasmo se siente una relajación profunda a la vez que un tenue cosquilleo en todo el cuerpo provocado por una electricidad de bajo voltaje. Es como flotar plácidamente en algodón suave. Esta sensación es tan placentera que resulta adictiva. Por eso es que somos 7 mil millones en el planeta, y creciendo. Bien, pues una sensación similar, algo más tenue pero más profunda la produce la belleza natural. Es lo que sentimos cuando contemplamos un bosque tupido y húmedo, el mar encapotado de nubes, un río embravecido y caudaloso. Un caballo que galopa salvaje a la distancia. Bien, un jardín largo y majestuoso, hecho por el hombre. Una catedral, una escultura irrepetible, una pintura memorable... Por eso los sabios se rodean de belleza de cualquier tipo, es un orgasmo continuo. Nosotros no, nosotros somos más inteligentes, nos rodeamos de voladoras de Fenatrano, es decir, de adrenalina. O secamos los ríos para extasiarnos con el espectáculo. Creo que finalmente di con lo que quería decirle a mi amigo.

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